Sobre Banco Mundial, ahorros y riqueza
Gustavo
Melazzi.
Militantes
de la Liga Federal Frenteamplista.
El Cro. Mujica, en la reunión con el delegado del Banco Mundial, dijo
que”acá no se generan ahorros”. Suponemos que para “justificar” su presencia, y
apoyo, a los acuerdos con el -antes- rechazado BM.
Que no hay
ahorro suficiente y, por tanto, es necesario recurrir al apoyo financiero
externo no es –como idea, como explicación- novedoso. Se puede rastrear décadas en el tiempo, y además, como
“caballito de batalla” ideológico de la derecha en toda Nuestra América, la
Pobre. Es también autoculpabilizarnos por nuestros problemas; ya no causados
por el saqueo colonial de nuestros recursos, luego por el imperio británico y,
posteriormente, por el norteamericano, al que “ahora, le toca actuar”, y
asociados a grupos nacionales.
Tal
afirmación quiere decir –más o menos- que todo el esfuerzo productivo lo
gastamos en consumo, y no sobra ni para caramelos.
Está claro
que no existe en el mundo una economía de esas características. Por pobre que
sea el país, algún porcentaje se invierte; de lo contrario estaríamos ante un
caso –imposible- de una población 100% pobre, viviendo en el límite de la
sobrevivencia.
En el caso de
Uruguay, la capacidad de generar riqueza se remonta a la colonia, y posibilitó
avances edilicios, en prestación de servicios, en confort, que adornaron a la
“tacita de plata” hasta hace 50 años. Luego fue todo menos plácido, pero una
minoría adinerada lo siguió siendo, y cada vez más.
Si alguna
duda hay, alcanza con observar el cinturón costero, la proliferación de
agencias de viaje, o el parque automotor. En lo transcurrido de 2005, ya se
vendieron más “cero k” que durante 2002 o 2003; se está por sobrepasar las
ventas totales de 2004, y hay concesionarias que venden 4 x 4 a entregar recién en febrero de 2006.
Pero, sobre
todo, los dueños de la riqueza y los grandes ahorros los colocan en el
exterior. De unos años a esta parte es difícil obtener datos que lo
cuantifiquen. El auge de los paraísos fiscales; las SA para colocar fondos en
el exterior; el secreto bancario, y un Banco Central que oculta más que
informa, coluden para ello. En alguna ocasión, parte de esta fuga adquiere
notoriedad, como fue el caso de los depósitos en el TCB (Trade & Commerce
Bank de las islas Caymán) posteriormente vaciado.
Tiene años ya el trabajo de investigación
del Instituto de Economía de la Universidad (El Proceso Económico del Uruguay), aún no superado; en él se estima
que en 1966 los depósitos de uruguayos en el exterior sumaban US$ 350 millones,
de ellos 132 en EE.UU., cuando el PBI rondaba los US$ 1,400 millones, y la
deuda externa 450 millones (pág. 290; 291). Importa recordar también su
demostración de que buena parte de esta deuda externa se contrataba para
financiar la fuga de capitales del país que culminaba en las sumas depositadas.
Por si fuera poco, esto se articula con
un trabajo posterior que demuestra que “la evaluación de 26 años de
endeudamiento externo en el Uruguay muestra… que, en general, (éste) no se
realiza para atender necesidades de los sectores productivos, ni requerimientos
del proceso de acumulación de capital, salvo en muy breves períodos” (Couriel;1988:151).[1]
Hoy, con un
PBI que ronda los US$ 14,000 millones, ¿cuál será el monto de ahorros de
uruguayos colocados en el exterior? En Argentina y otros países, valga el ejemplo,
se estima que los capitales de nacionales depositados en el exterior son
aproximadamente iguales al monto de su deuda externa.
Como señala
el trabajo del Instituto de Economía, el sistema económico del país no retiene
la riqueza generada. En los últimos 50 años, la reinversión productiva apenas
ha cubierto las necesidades de reposición del capital desgastado. Esto no
quiere decir que ningún sector o empresa haga un esfuerzo en esa dirección
pero, globalmente, la inversión privada no ha tenido características dinámicas,
de apuesta al crecimiento. Esta es una burguesía comodona; sabe que resulta más
rentable ejercer presión para lograr compras y contratos y, eventualmente,
transferir pérdidas al estado (es decir, a la sociedad). Ha sabido (quizás como
pocas en el mundo) lograr el óptimo del empresario: ganancias sin riesgos. Y
cuando hay pérdidas, pedir innumerables refinanciaciones, como las que
engalanan la actuación de la Federación Rural y la Asociación Rural., aun
cuando en otros sectores, grupos empresariales vinculados a anteriores
gobiernos no se quedaron atrás.
El resultado
es este Uruguay no pobre sino empobrecido; sin desarrollo ni motivaciones pero
que apuesta al cambio; con enormes esfuerzos y dramas de quienes producen la
riqueza; con empresas arruinadas pero empresarios ricos.
De ahí que en
este Uruguay de los cambios, algunos sorprendan. Los terratenientes son ahora
“productores”, los especuladores “ahorristas”, y la riqueza acumulada un
fantasma que recorre los paraísos fiscales.
Durante
décadas, las familias de los trabajadores han transferido incalculables
riquezas a los capitalistas. Las cuentas nacionales, sin profundizar en
aspectos vinculados a la plusvalía, nos dicen que en apenas 16 años, de 1968 a
1984 los trabajadores transfirieron 4,000 millones de dólares a los dueños del
capital[2].
Hoy, 20 años después, el salario real no muestra aumentos importantes;
¿continúa la transferencia?
Pero cuando
se piden aumentos salariales, o que paguen sus deudas, la defensa de los
privilegiados es total. Imaginemos si mañana hay un régimen tributario
progresivo, y un control efectivo de la evasión. Es de esperar que no lleguen
al nivel de ejemplos históricos notables: la guerra de los colonos
norteamericanos (que desembocó en la independencia), o los 10 años de
revolución farroupilha, que sobrevinieron por un tema de impuestos.
Pero el tema hoy
no pasa por expropiar riqueza; por ahora alcanza con señalar que sí la hay, que
es mucha, que tiene más años que el propio país, y que se sigue generando.
El tema clave
para el desarrollo es entonces en qué se utilizan los ahorros, mejor llamados
excedente económico (todo lo que se produce por encima de las necesidades
básicas de los productores). ¿Se reinvierte en la producción en forma de
maquinaria, mejores insumos, investigación y educación? ¿O se derrocha en el
consumo de bienes de lujo, viajes, depósitos en el exterior, etc.?
Todos quienes
defienden la necesidad de incentivar a los capitalistas del exterior a que
inviertan en el país y que las instituciones financieras nos presten dinero y
nos impongan sus condiciones, como señalamos al inicio, se basan en que en
Uruguay no hay ahorros (excedentes) suficientes para ello.
Coriún
Aharonián, en Brecha (20/05/05), ayudaba nuestra memoria al recordar al
economista norteamericano Paul Baran, quien en un libro sobre América Latina[3],
hace años estudiado en la Universidad y hoy imprescindible, orientaba el
estudio del desarrollo en torno a la variable clave de excedente económico:
cómo se genera y, sobre todo, cuál es su destino, es decir, en qué se usa. Y su
conclusión es la misma a la que arribamos ahora: hay ahorros, y son cuantiosos.
El problema es que se derrochan, no se reinvierten para el desarrollo.
El asunto es:
en una sociedad capitalista no se invierte si no hay un buen negocio. Los
capitales no van a China a apuntalar al régimen dirigido por el Partido
Comunista, sino por una suculenta ganancia.
El eje, en
estas condiciones, es entonces cómo o en qué crear oportunidades de inversión
rentable. Porque si hubiera, el capitalista “nacional”, aunque fuera una minoría,
reinvertiría su riqueza[4].
Aquí la
forestación no la comenzó el capital transnacional, sino la Caja Bancaria y la
Caja Notarial. Si al capital se le plantea un negocio serio, seguramente habrá
interés. Pero no al estilo de Granja Moro, o Pinturas Industriales, donde un ex
directivo de la Cámara de Industrias se burló fraudulentamente de los
accionistas, aunque haya contado con sus amigos del Opus Dei, como la familia
Peirano.
La inversión es
ineludible para el crecimiento, y el estado debe establecer “reglas de juego”
serias para que quien tenga capacidad de decidir (los capitalistas; no el
eufemismo de “los mercados”) destinen recursos para el futuro del Uruguay. Debe
orientar con firmeza nuestro desarrollo y con un sentido acordado con las
mayorías, como las que impulsaron el cambio de gobierno. Debe promover
proyectos, premiarlos, apoyarlos, asociarse aportando recursos… en una palabra,
involucrarse.
Cuatro cosas
nos quedan claras: 1) hay riqueza para invertir; 2) faltan proyectos viables;
3) los particulares aislados (incluyendo los extranjeros), salvo casos
excepcionales como la industria del software, no resuelven el problema, y 4) la
orientación y apoyo del gobierno son decisivos.
Esto requiere
un esfuerzo colectivo, de imaginación, esfuerzo, planificación. Y para ello, no
necesitamos más que proponérnoslo y confiar en la gente.
(Publicado en Brecha, Mdeo.,
15/julio/2005)
[1] Alberto Couriel: El Uruguay empobrecido .EBO, Mdeo.
[2] Daniel Olesker: Crecimiento y exclusión. Trilce, Mdeo.
2001, pág.35
[3] Paul Baran: Economía Política del Crecimiento. FCE.
Méx. 1954.
[4] Es muy ilustrativo el título: “El ahorro nacional pide cancha”, para la entrevista al Presidente de la Bolsa de Valores de Montevideo. En Brecha 22/04/05