Sobre Banco Mundial, ahorros y riqueza

 

Ernesto Domínguez

Gustavo Melazzi.

Militantes de la Liga Federal Frenteamplista.

 

El Cro. Mujica, en la reunión con el delegado del Banco Mundial, dijo que”acá no se generan ahorros”. Suponemos que para “justificar” su presencia, y apoyo, a los acuerdos con el -antes- rechazado BM.

 

     Que no hay ahorro suficiente y, por tanto, es necesario recurrir al apoyo financiero externo no es –como idea, como explicación-  novedoso. Se puede rastrear décadas en el tiempo, y además, como “caballito de batalla” ideológico de la derecha en toda Nuestra América, la Pobre. Es también autoculpabilizarnos por nuestros problemas; ya no causados por el saqueo colonial de nuestros recursos, luego por el imperio británico y, posteriormente, por el norteamericano, al que “ahora, le toca actuar”, y asociados a grupos nacionales.

     Tal afirmación quiere decir –más o menos- que todo el esfuerzo productivo lo gastamos en consumo, y no sobra ni para caramelos.

     Está claro que no existe en el mundo una economía de esas características. Por pobre que sea el país, algún porcentaje se invierte; de lo contrario estaríamos ante un caso –imposible- de una población 100% pobre, viviendo en el límite de la sobrevivencia.

 

     En el caso de Uruguay, la capacidad de generar riqueza se remonta a la colonia, y posibilitó avances edilicios, en prestación de servicios, en confort, que adornaron a la “tacita de plata” hasta hace 50 años. Luego fue todo menos plácido, pero una minoría adinerada lo siguió siendo, y cada vez más.

     Si alguna duda hay, alcanza con observar el cinturón costero, la proliferación de agencias de viaje, o el parque automotor. En lo transcurrido de 2005, ya se vendieron más “cero k” que durante 2002 o 2003; se está por sobrepasar las ventas totales de 2004, y hay concesionarias que venden 4 x 4 a entregar  recién en febrero de 2006.

 

     Pero, sobre todo, los dueños de la riqueza y los grandes ahorros los colocan en el exterior. De unos años a esta parte es difícil obtener datos que lo cuantifiquen. El auge de los paraísos fiscales; las SA para colocar fondos en el exterior; el secreto bancario, y un Banco Central que oculta más que informa, coluden para ello. En alguna ocasión, parte de esta fuga adquiere notoriedad, como fue el caso de los depósitos en el TCB (Trade & Commerce Bank de las islas Caymán) posteriormente vaciado.

 

      Tiene años ya el trabajo de investigación del Instituto de Economía de la Universidad (El Proceso Económico del Uruguay), aún no superado; en él se estima que en 1966 los depósitos de uruguayos en el exterior sumaban US$ 350 millones, de ellos 132 en EE.UU., cuando el PBI rondaba los US$ 1,400 millones, y la deuda externa 450 millones (pág. 290; 291). Importa recordar también su demostración de que buena parte de esta deuda externa se contrataba para financiar la fuga de capitales del país que culminaba en las sumas depositadas. Por si fuera poco,  esto se articula con un trabajo posterior que demuestra que “la evaluación de 26 años de endeudamiento externo en el Uruguay muestra… que, en general, (éste) no se realiza para atender necesidades de los sectores productivos, ni requerimientos del proceso de acumulación de capital, salvo en muy breves períodos” (Couriel;1988:151).[1]

 

     Hoy, con un PBI que ronda los US$ 14,000 millones, ¿cuál será el monto de ahorros de uruguayos colocados en el exterior? En Argentina y otros países, valga el ejemplo, se estima que los capitales de nacionales depositados en el exterior son aproximadamente iguales al monto de su deuda externa.

     Como señala el trabajo del Instituto de Economía, el sistema económico del país no retiene la riqueza generada. En los últimos 50 años, la reinversión productiva apenas ha cubierto las necesidades de reposición del capital desgastado. Esto no quiere decir que ningún sector o empresa haga un esfuerzo en esa dirección pero, globalmente, la inversión privada no ha tenido características dinámicas, de apuesta al crecimiento. Esta es una burguesía comodona; sabe que resulta más rentable ejercer presión para lograr compras y contratos y, eventualmente, transferir pérdidas al estado (es decir, a la sociedad). Ha sabido (quizás como pocas en el mundo) lograr el óptimo del empresario: ganancias sin riesgos. Y cuando hay pérdidas, pedir innumerables refinanciaciones, como las que engalanan la actuación de la Federación Rural y la Asociación Rural., aun cuando en otros sectores, grupos empresariales vinculados a anteriores gobiernos no se quedaron atrás.

 

     El resultado es este Uruguay no pobre sino empobrecido; sin desarrollo ni motivaciones pero que apuesta al cambio; con enormes esfuerzos y dramas de quienes producen la riqueza; con empresas arruinadas pero empresarios ricos.

     De ahí que en este Uruguay de los cambios, algunos sorprendan. Los terratenientes son ahora “productores”, los especuladores “ahorristas”, y la riqueza acumulada un fantasma que recorre los paraísos fiscales.

 

     Durante décadas, las familias de los trabajadores han transferido incalculables riquezas a los capitalistas. Las cuentas nacionales, sin profundizar en aspectos vinculados a la plusvalía, nos dicen que en apenas 16 años, de 1968 a 1984 los trabajadores transfirieron 4,000 millones de dólares a los dueños del capital[2]. Hoy, 20 años después, el salario real no muestra aumentos importantes; ¿continúa la transferencia?

     Pero cuando se piden aumentos salariales, o que paguen sus deudas, la defensa de los privilegiados es total. Imaginemos si mañana hay un régimen tributario progresivo, y un control efectivo de la evasión. Es de esperar que no lleguen al nivel de ejemplos históricos notables: la guerra de los colonos norteamericanos (que desembocó en la independencia), o los 10 años de revolución farroupilha, que sobrevinieron por un tema de impuestos.

 

     Pero el tema hoy no pasa por expropiar riqueza; por ahora alcanza con señalar que sí la hay, que es mucha, que tiene más años que el propio país, y que se sigue generando.

     El tema clave para el desarrollo es entonces en qué se utilizan los ahorros, mejor llamados excedente económico (todo lo que se produce por encima de las necesidades básicas de los productores). ¿Se reinvierte en la producción en forma de maquinaria, mejores insumos, investigación y educación? ¿O se derrocha en el consumo de bienes de lujo, viajes, depósitos en el exterior, etc.?

     Todos quienes defienden la necesidad de incentivar a los capitalistas del exterior a que inviertan en el país y que las instituciones financieras nos presten dinero y nos impongan sus condiciones, como señalamos al inicio, se basan en que en Uruguay no hay ahorros (excedentes) suficientes para ello.

     Coriún Aharonián, en Brecha (20/05/05), ayudaba nuestra memoria al recordar al economista norteamericano Paul Baran, quien en un libro sobre América Latina[3], hace años estudiado en la Universidad y hoy imprescindible, orientaba el estudio del desarrollo en torno a la variable clave de excedente económico: cómo se genera y, sobre todo, cuál es su destino, es decir, en qué se usa. Y su conclusión es la misma a la que arribamos ahora: hay ahorros, y son cuantiosos. El problema es que se derrochan, no se reinvierten para el desarrollo.

 

     El asunto es: en una sociedad capitalista no se invierte si no hay un buen negocio. Los capitales no van a China a apuntalar al régimen dirigido por el Partido Comunista, sino por una suculenta ganancia.

     El eje, en estas condiciones, es entonces cómo o en qué crear oportunidades de inversión rentable. Porque si hubiera, el capitalista “nacional”, aunque fuera una minoría, reinvertiría su riqueza[4].

     Aquí la forestación no la comenzó el capital transnacional, sino la Caja Bancaria y la Caja Notarial. Si al capital se le plantea un negocio serio, seguramente habrá interés. Pero no al estilo de Granja Moro, o Pinturas Industriales, donde un ex directivo de la Cámara de Industrias se burló fraudulentamente de los accionistas, aunque haya contado con sus amigos del Opus Dei, como la familia Peirano.

 

     La inversión es ineludible para el crecimiento, y el estado debe establecer “reglas de juego” serias para que quien tenga capacidad de decidir (los capitalistas; no el eufemismo de “los mercados”) destinen recursos para el futuro del Uruguay. Debe orientar con firmeza nuestro desarrollo y con un sentido acordado con las mayorías, como las que impulsaron el cambio de gobierno. Debe promover proyectos, premiarlos, apoyarlos, asociarse aportando recursos… en una palabra, involucrarse.

 

     Cuatro cosas nos quedan claras: 1) hay riqueza para invertir; 2) faltan proyectos viables; 3) los particulares aislados (incluyendo los extranjeros), salvo casos excepcionales como la industria del software, no resuelven el problema, y 4) la orientación y apoyo del gobierno son decisivos.    

     Esto requiere un esfuerzo colectivo, de imaginación, esfuerzo, planificación. Y para ello, no necesitamos más que proponérnoslo y confiar en la gente.

 

(Publicado en Brecha, Mdeo., 15/julio/2005)

 



[1] Alberto Couriel: El Uruguay empobrecido .EBO, Mdeo.

[2] Daniel Olesker: Crecimiento y exclusión. Trilce, Mdeo. 2001, pág.35

[3] Paul Baran: Economía Política del Crecimiento. FCE. Méx. 1954.

[4] Es muy ilustrativo el título: “El ahorro nacional pide cancha”, para la entrevista al Presidente de la Bolsa de Valores de Montevideo. En Brecha 22/04/05