Medio siglo de economía uruguaya: diez comentarios

 

Gustavo Melazzi.

Montevideo, octubre de 2002.

 

Al intentar una mirada de largo plazo, la ausencia de estudios en este sentido y la complejidad del tema nos lleva a simplemente realizar “apuntes”[1]. Esta presentación no aspira a “demostrar” una tesis ni ser un análisis completo “cerrado o congruente”. Aun con grandes simplificaciones avancemos y, por esta vía, impulsemos su construcción entre todos.

 

Descartemos de entrada varias cosas. No nos colocamos en el plano de las “incertidumbres”, por el contrario, creemos sólidas nuestras certezas: en la metodología de análisis; en el enfoque del capitalismo uruguayo, sus clases sociales y su evolución en el último medio siglo; en que la razón nos acompaña, y en la necesidad de comprometernos con los trabajadores para los cambios de fondo. 

 

Tampoco partimos de lo usual: el déficit fiscal, los equilibrios macroeconómicos, la inflación o lo monetario. Si así lo hiciéramos, participaríamos de los métodos de análisis más generalizados pero congruentes con este sistema que queremos cambiar.

 

Del mismo modo, puede llamar la atención la escasa referencia a “los números”[2] . Más importante que los problemas de espacio está el hecho de creer que estamos “atosigados” de ellos, a los que se recurre en buena medida para evitar referirse a temas de fondo, para alimentar la mitología de los modelos y sus “verdades”, para sofisticar los análisis y expropiárselos a la gente. Sólo se entiende la economía si se trabaja en lo político, histórico y social.

 

1.      Una primer mirada histórica

 

¿Qué nos muestra esa rápida visión sobre un desarrollo económico de cincuenta años? Dos cosas: la primera es que básicamente se trata de una historia de estancamiento productivo que presenta un par de períodos con burbujas[3] sin base firme, rápidamente evaporadas, y que culmina en una gran destrucción de recursos humanos y de capital.

 

La segunda subvierte el mito básico de la teoría económica dominante del papel clave de los empresarios, ya que se detecta a simple vista que el Estado estuvo en el centro de los principales proyectos y procesos económicos. Fuera de la producción histórica de carne y lanas, sin su presencia sería inexplicable la industria láctea; los proyectos en la pesca; el estímulo a la forestación; el resguardo en sectores energéticos y de producción de cemento; el polo azucarero; el desarrollo textil; infraestructura de riego y caminería junto con crédito y silos para el arroz; el fomento y respaldo a la industria automotora.

 

El Estado uruguayo cumple cabalmente su papel (entre otros) de subsidiar al capital por la vía de transferir recursos de toda la sociedad para ponerlos al servicio de quienes toman las decisiones y coadyuvar con un conjunto de instrumentos legales en el mismo sentido (al respecto, véase: Foladori; Melazzi cap. XI). La inversión extranjera, tan defendida, prácticamente no se dirigió a financiar proyectos productivos (véase Couriel: 151). Y la creación en 1985 de la Corporación Nacional para el Desarrollo demostró ser una parodia de su título, al orientar la gran mayoría de sus recursos por clientelismo político y amistades personales.

 

Pese a su carácter primario, este panorama permite interrogarnos si la burguesía uruguaya tiene (o tuvo) realmente un proyecto nacional y de largo plazo. Una respuesta afirmativa requeriría comprobar que, en el período, se hubiera preocupado por reinvertir productivamente los excedentes obtenidos, es decir, aportar capital propio, mejorar productividades, ampliar mercados internos y externos, asumir riesgos, generando así una reproducción ampliada en el espacio económico (al menos en parte) bajo su control.

 

La comparación es sencilla e impactante con las burguesías chilena, brasileña, mexicana e incluso la argentina (hasta hace unos 25 años). Su dependencia del Estado, de los rubros tradicionales agropecuarios (¡centenarios!), y en los últimos 20 años de los avatares de las economías argentina y brasileña, señalan con claridad la inexistencia de tal proyecto. En lo económico, no resulta exagerado si nos referimos a ella como “un gigante con pies de barro” (véase además punto 9).

 

2.      Sobre los “modelos” y las políticas económicas

 

Carlos Real de Azúa[4] acuñó hace años la expresión “sociedad amortiguadora”, para referirse a un Uruguay pasado. Este permitía un avance relativo en las condiciones de vida de todas las clases sobre la base de un excedente económico apropiado por el país a partir de la renta internacional del suelo, distribuido por una gestión estatal paternalista, minimizando entonces las contradicciones de base capitalista[5]. En términos no rigurosos, lo conocemos como “el Uruguay batllista”.

 

Los conflictos de la década del 50, motivados en la disputa creciente por el excedente en una economía estancada, culminaron en un cambio histórico en el gobierno, que trajo aparejado otro correlativo en la política económica[6]. El Partido Nacional impulsó en 1959 la Ley de Reforma Cambiaria y Monetaria, que alteró todas las reglas de juego. Es el inicio de una nueva política económica; se terminó la “sociedad amortiguadora” y se comenzó a implementar un nuevo “modelo” que, con variaciones obvias pero no de esencia, podemos rastrear hasta el presente[7].

 

A tales efectos, vale la pena señalar que por las presiones de los agroexportadores[8] se impuso un tipo de cambio libre, se buscaron capitales extranjeros, y comenzó la apertura al comercio internacional. También sus resultados muestran una llamativa actualidad, ya que hubo aumento de precios y del tipo de cambio, disminuyó el salario real, se mantuvo el estancamiento productivo, los capitales se volcaron a la especulación y fugaron, se produjo una crisis bancaria.

 

Importa señalar que el gobierno de Pacheco, mediante una serie de instrumentos de política económica centrados en revitalizar la rentabilidad, reagrupó al conjunto de la clase dominante, logrando una alianza entre ganaderos, exportadores, industriales, banqueros y capital extranjero, sustentada en la represión a efectos de trasladar ingresos de los sectores populares hacia ellos.

 

La conflictividad social, desatada en los 50 y progresiva con el cambio de modelo continuaba en aumento y llegó a amenazar la hegemonía capitalista, lo que obligó la intervención y golpe militar en 1973[9]. Lo sustentó la misma alianza de clases estructurada por Pacheco, reafirmada por un aumento importante en la rentabilidad debido al contexto regional y la baja salarial. Si consideramos el salario real de 1957 como 100, en 1975 era de 62 , en 1980 bajó a 46 y al fin de la dictadura militar, en 1985, era de 37. De 1968 a 1984 los asalariados transfirieron 4,000 millones de dólares al capital.

 

Durante “el proceso” se consolidan las políticas liberalizadoras, se profundiza la apertura externa, la dolarización se legaliza, se recurre al manejo cambiario para alimentar expectativas empresariales.

 

Con el retorno a la legalidad[10] esta política aun se profundiza, marcando una continuidad perfecta. Con Sanguinetti se libera de manera total el sistema financiero y los precios internos (excepto salarios), y se aprueban estímulos a los exportadores. Con Lacalle se adopta el ancla en el tipo de cambio (se genera gran atraso cambiario) y se apunta en especial a una reestructura estatal (detenida por plebiscito popular). El nuevo período Sanguinetti insiste en este sentido, e implanta las AFAPs. El salario, cuyo poder de compra era 37 en 1985 (base 1957), en 1990 bajó a 33; en 1995 permaneció en 33, para alcanzar 34 en 2000.

 

Estos tres gobiernos post-dictadura militar se sustentan sustancialmente en dos grupos capitalistas: el primero en exportadores y financieros; en el segundo importadores y financieros y, en el último financieros y, en parte, exportadores. Resulta significativa la presencia sistemática de los grupos financieros.

 

Lo que vemos de todo el proceso, en definitiva, es un avance persistente de un modelo económico neoliberal[11], progresivamente ajustado en función del escenario social y político, vale decir, de la correlación de fuerzas, pero que no duda en sus aspectos fundamentales. Ello se da, incluso, pese al “estrechamiento de la base directa de apoyo capitalista”, ocurrido por ejemplo entre la amplia alianza de Pacheco y el casi único “firme puntal” de los grupos financieros posterior. La política económica como una clara lección de política de clases.

 

3.      ¿Qué ocurre en la política económica en el plano internacional?

 

La evolución y cambios de una política económica básica, acorde a los momentos, etapas y posibilidades de la realidad social se visualiza también en lo internacional. Es claro que al inicio del período no dominaba la ideología neoliberal; se hablaba de “las políticas del FMI” y, en lo interno, de las “políticas conservadoras”. El proyecto de clase en el país no era tan claro a fines de los cincuenta y comienzos de los sesenta; se manifestaba esencialmente como una gran disputa por el excedente económico, desde el punto de vista conservador o de la izquierda. Esto se mantuvo, pero la contradicción capitalista básica fue tomando connotaciones más claras y “radicales” con el paso de los años.

 

Es con Margaret Thatcher y Ronald Reagan que pasa a dominar en lo internacional la concepción neoliberal[12]. El progresivo dominio de las empresas transnacionales impulsa ideologías y propuestas funcionales a tal relación de poder. Su cuerpo doctrinal ha experimentado un fuerte auge en las últimas décadas. ¿Por qué?. En términos generales,

 

La política económica se ha convertido de hecho en garante de las condiciones institucionales que reclama la libertad de acumulación de capital a escala global. (Coraggio;1997:8)

 

Una explicación más específica, y cuya implementación progresiva podemos rastrear para Uruguay, es la siguiente:

           

En breve: ¿cuál es su funcionalidad ideológica en el conflicto clasista?. (...) Si se nos permite ser muy breves y con el riesgo de saltarnos la fundamentación adecuada, diríamos que el paquete neoliberal apunta a: a) combatir y controlar a la clase obrera. (...) Por cierto, el combate a la clase obrera no es privativo del neoliberalismo. Aquí, lo especifico reside en el modo: se combina la antigua y revitalizada palanca del ejército industrial de reserva (denegada, en alto grado, por los keynesianos), con la coacción extraeconómica (i.e. la violencia estatal) abierta; b) asegurar la hegemonía del capital dinero de préstamo y la consiguiente subordinación del capital industrial; c) profundizar y reforzar el dominio de las grandes potencias sobre los países más atrasados o tercermundistas. (Valenzuela; 1996:17/18).

 

En el plano estrictamente ideológico se impulsa a todo nivel, además del enfoque neoliberal el concepto de globalización; en realidad, la mayor campaña de lavado de cerebro a nivel mundial de que tengamos conocimiento. En realidad, por mundialización o globalización

 

... yo entiendo el proceso de integración mundial de ciertas personas y capas sociales, de ciertos países y regiones, de ciertos sectores y actividades, articulados y dirigidos, en su conjunto, por empresas transnacionales industriales y financieras. (George;2001:17)

 

En el conjunto del tercer mundo, en consonancia con ello, encontramos además tendencias (¿provocadas?) a la “africanización” de muchos países y regiones, y siendo coherentes con el enfoque global en producción y comercio, cuando se habla de proletariado en el sentido de obrero fabril masivo y concentrado, no perdamos de vista que las grandes masas se ubican en China, Indonesia, Brasil, India u otros países similares[13].

 

En lo operativo, los Planes de Ajuste Estructural concretan las políticas económicas a implementar por nuestros países, en las antípodas de las impulsadas en la Unión Europea o EE.UU.

 

Por último, para nosotros, los acuerdos de integración regional evolucionaron de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (esencialmente diseñado para los acuerdos entre transnacionales) al MERCOSUR, pero también centrado en acuerdos comerciales (“integración de consumidores”, según Mañan: c/p 2002). Todos desconocen la experiencia histórica; ella demuestra que si aspiramos a algo más que vínculos comerciales generales y/o comercio intrafirma de empresas transnacionales, el punto de partida debe ser un mínimo acuerdo político. Es el caso de Europa hoy, y el del Pacto Andino ayer.

 

  

4.      Las raíces profundas de la evolución económica uruguaya

 

Sobran los despistados, mediocres e interesados que colocan la primer responsabilidad de un proceso de medio siglo (!) en el exterior, o en variables improductivas como la moneda y secundarias como las situaciones fiscales. A poco de analizarlos, encontramos con facilidad que, en el fondo, la mayoría culpa a los trabajadores. Por el contrario, ubiquemos en la evolución endógena los factores determinantes; el modelo de desarrollo o, con mayor rigurosidad, el proceso de acumulación de capital, cuya dinámica en los sectores productivos será clave[14].  

 

 Medio siglo de economía uruguaya se puede resumir en un concepto: estancamiento. Si en este panorama general diferenciamos los servicios, que mucho crecieron, el panorama del “Uruguay productivo” resulta peor aún[15]. El veredicto sobre la política económica de “vuelta al campo”, los enfoques conservadores posteriores y, contemporáneamente, el neoliberalismo, es lapidario. Su desempeño ha sido peor que el de aquellas políticas económicas que critican, como las del “desarrollo hacia adentro” y/o el proteccionismo y la industria sustitutiva de importaciones.

 

Una reafirmación clara surge de la estimación de la tasa de crecimiento por habitante del PBI de 1935 a 2001:  (Rocca:33)

 

            1935 – 1955        2.0%

            1956 – 1973        0.2%

            1974 – 2001        1,7%   

 

La década del 50 mostró el auge industrial, que comenzó a declinar hasta la debacle actual (aun considerando las tercerizaciones), período en que la tríada neoliberal formada por una total apertura externa; el estímulo al capital financiero y la pauperización de los ingresos de la población no abren oportunidades al sector. Desaparecieron ramas completas, permaneciendo un sector nuevo como es el de los plásticos y algunas pocas empresas tradicionales exportadoras de buen nivel tecnológico, junto a un amplio conjunto en vías de desaparición que presenta gran capacidad ociosa y muy bajos niveles de productividad.

 

La base agropecuaria del país se mantiene durante todo el período casi sin cambios. Es conocida la persistencia en 100 años del stock bovino; la disminución del ovino (el mejoramiento en lanas culminó alrededor de 1935 y el de carnes en torno a 1955). El cultivo de trigo y girasol pasó a ser prácticamente marginal y la cebada ha venido a sustituirlos en parte. El arroz y los cítricos han presentado los únicos crecimientos interesantes, con gran sustento estatal el primero, y el segundo presentando signos de estancamiento. El desarrollo agroindustrial del “vértice norte” en torno al azúcar nació y está en vías de defunción estrechamente ligado al Estado. Dependiendo del fomento estatal, la forestación alcanzó las 600.000 hás., pero permanece esencialmente extractiva.

 

Analizando el sector desde el punto de vista de los complejos o cadenas integradas, vemos que sólo los lácteos presentan una importante integración, además de haberse desarrollado como sector determinante de varias regiones del país, brindar sustento a cientos de productores e incorporar tecnologías con productividad internacional. El resto de los (potenciales) complejos siguen exportando dinamismo[16], desaprovechándolo nacionalmente.

 

Se trata de productores capitalistas, que no reinvirtieron sus ganancias en el sector puesto que otros sectores (productivos o no) les ofrecían mayor beneficio. En otro casos, simplemente fracasaron y debieron abandonar la explotación. Creemos que dos son los factores claves para explicar tal situación en el agro

 

El primero es la práctica desaparición de nuestra apropiación de la renta del suelo. Durante muchos años, el agro se benefició de las diferencias de productividad natural del campo uruguayo. Fueron excepcionales los períodos en que los capitalistas acompañaron esto de inversiones para mejorar calidades y rendimientos. Salvo estos períodos, el campo aprovechó parasitariamente la renta internacional, apropiándonos por esta vía de ingresos generados en otros sectores y otros países, especialmente europeos.

 

Empresas transnacionales de estos países intervinieron casi desde el principio en este mecanismo para apropiar también ellas parte de esta renta, mediante frigoríficos, transporte, seguros y comercialización, lo que redundó en una merma importante en el ingreso percibido por los estancieros y otros grupos en el país. Pero esto tuvo un giro decisivo con el progresivo proteccionismo de los países imperialistas y que culminó con la hoy Unión Europea y los fabulosos subsidios a su producción y la de EE.UU.[17]. 

 

Esto alteró totalmente los precios internacionales, los ingresos de los países dependientes y de sus terratenientes. Históricamente, este proceso se centró en los productos pecuarios pero, desde hace años, el avance del proteccionismo a nivel internacional y el dominio de no más de cuatro grandes transnacionales sobre los productos agropecuarios mundiales, amplió estos problemas a muchos productos agrícolas.

 

El segundo factor clave es el fracaso del Plan Agropecuario. Debería ser evidente que si nos interesa la evolución de la producción en un período largo, evaluar si el sector acumuló capital a fin de incrementar productividades y volúmenes, y cuáles fueron los resultados, se impone un estudio del “modelo de acumulación en el agro”. Representó un esfuerzo importante del Estado desde fines de los setenta; dio un enfoque global al sector; aportó paquetes tecnológicos e incentivó su implementación; otorgó ingente financiamiento en el marco de las pautas productivas surgidas de las diversas dependencias estatales; comprometió a los productores pero, paradojalmente, no conocemos estudios o evaluaciones cuidadosas al respecto.

 

Por lo demás, su fracaso es evidente. En breve: no logró aumentos y mejoras importantes y persistentes en la producción[18]; generó impactos sociales sumamente negativos, y un incremento sistemático en el endeudamiento, que desde mediados de los noventa pasa a ser crítico.

 

Este “modelo de desarrollo” apostó a la sofisticación en los sistemas de producción, “mediante el empleo de un conjunto de técnicas de producción –paquetes- que implican una utilización de mayor cantidad de capital (agroquímicos, fertilizantes, herbicidas, plaguicidas, maquinaria y energía)” (Aicardi:2001). Es precisamente este “modelo” el que fracasó. Muchas son sus semejanzas con la propagandeada en su momento Revolución Verde, de la que conocemos ya el desastre al que empujó, tanto en lo social, en lo ecológico, como incluso en lo productivo.

 

Las políticas hacia el agro contaron con el apoyo casi permanente y convencido de la gran mayoría de los  productores. Se sumaron al Plan Agropecuario; su respaldo ideológico fue evidente, e incluso festejaron medidas como la liberación de los créditos y la eliminación del FRIGONAL[19].

 

Sobre esta base productiva general, no llama la atención que el déficit comercial se vuelva sistemático y muy alto a partir de los noventa (aún considerando el turismo) (Jericles;1997).

 

También en el plano general, no debemos dejar de señalar que en la economía uruguaya la intermediación tiene un peso enorme, tanto la financiera como la comercial. En tanto ambas son improductivas y en ellas cada unidad económica reclama al menos la tasa de ganancia media, esta actividad se convierte en un lastre que derrocha ingentes volúmenes de excedente económico.

 

El muy largo período analizado muestra apenas una “burbuja” de crecimiento productivo por cuatro o cinco años en derredor de 1980 sustentada en la situación regional, con pies de barro y que, como ya sabemos, fue efímera. La otra “burbuja” es más permanente, sobre todo el último cuarto de siglo, y acaba de explotar: los servicios.

 

El sinsentido es notorio cuando percibimos, por ejemplo, que según las estadísticas que elabora el Banco Central, el “aporte a la riqueza nacional (PBI)” de sólo una parte de servicios, el sector “establecimientos financieros, seguros, bienes inmuebles y servicios prestados a las empresas” supera el que realiza la industria manufacturera; duplica el del agro y es ocho veces el de la construcción[20].

 

Una vez más se demuestra la relevancia de diferenciar las esferas de producción y circulación. No existe proceso de desarrollo serio, autosustentado y en reproducción ampliada sin una sólida base productiva; el resto nunca será sujeto o “locomotora”, casi en su totalidad improductivo, y dependiente del primero[21].

 

En cuanto al plusvalor[22], es probable que la masa total disponible en nuestra economía haya disminuido por lo que comentamos sobre la renta, el aumento en la desocupación, la baja general de productividad de los ocupados, aunque contrarrestado por una mejor productividad en los productos de la canasta básica, la apertura externa, más horas de trabajo y una mayor tasa de actividad laboral por la incorporación masiva de la mujer.

 

Retomemos un juicio efectuado para un período, pero que es aplicable al medio siglo: “... acusaban a los trabajadores de ser un factor desestabilizador, de originar con sus movilizaciones (por salarios) un descenso en el nivel de las exportaciones, de atacar el aparato productivo nacional. Lo sucedido durante la dictadura evidencia la falsedad de tales acusaciones. Mientras que el salario real descendió un 60% con respecto a 1973, la producción no se acrecentó” (El Popular; 25/02/85).

 

Por último, algunos análisis sobre el desarrollo de América Latina popularizaron la denominación de “década perdida”; comentarios referidos a Uruguay también retoman la idea, e incluso en un caso se estima con rigurosidad que, en realidad, hemos perdido veinte años, al comparar la situación actual con la de 1982 (Barrenechea;2002).

 

No vamos a oponernos a tal denominación; la compartimos. Empero, nos parece que deja la impresión de que simplemente “regresamos a la casilla inicial”, de que “no pasó gran cosa” en los períodos de que se trate. La producción de estos años, ¿estará “perdida en el ciberespacio”?. Por el contrario, si vemos los terribles efectos sociales; la destrucción de sectores enteros de la economía; las transferencias internas y al exterior de muy importantes montos de riqueza, etc., y tomamos conciencia además de que durante todo este tiempo los únicos creadores de riqueza, los trabajadores, lo siguieron haciendo esforzada y penosamente, ¿no será mejor pensar otra caracterización?

 

¿Por qué no hablar de “décadas robadas”?

 

5.      Algunas transformaciones sociales

 

De manera muy breve, mencionemos algunos impactos que esto ha generado sobre los trabajadores. La tasa de plusvalor es, en definitiva, una resultante de factores económicos y sociales, que a su vez repercute sobre la dinámica general de la economía.

 

En este medio siglo, el punto de partida, y que persiste, es la dificultad para absorber empleo en buenas condiciones. La explica el estancamiento económico, aunado a las nuevas tecnologías (incluyendo los nuevos procesos de trabajo) y el tradicional proceso de expulsión de trabajadores del campo a la ciudad[23].

 

Es sintomática la efectiva desaparición de la promesa del pleno empleo. Todavía mantuvo presencia en los discursos políticos y documentos programáticos (de cualquier partido) los primeros 15 años, para luego desaparecer, incluso en la izquierda. La llamada flexibilización ganó adeptos también en estos sectores, pese a que allí donde se implementó (en el mundo), sistemáticamente actuó contra los trabajadores (véase por ejemplo OIT, citada en Bruni;1998).

 

Los efectos sobre la clase obrera están rigurosamente analizados por un autor, que “hace hincapié en la desarticulación de los tres ejes sobre los que descansó la cultura del mundo obrero: las grandes fábricas, los barrios obreros y la familia” (Zibechi;1999:12). El aumento estructural de la pobreza es uno de los mojones claros que conforman el Uruguay hoy.

 

El largo y sistemático ataque de los capitalistas a los trabajadores uruguayos tuvo su máxima expresión durante la dictadura militar, pero su continuidad (véase nuevamente punto 2) no encontró respuestas con el retorno de la legalidad. Los grandes hitos positivos del movimiento popular fueron la ley por el reajuste de las jubilaciones (1989) y el plebiscito contra las privatizaciones (1992); el resto fueron fracasos. Destaca (aunque en el plano político) la derrota del Voto Verde (1988), marcando el fin del florecimiento iniciado en 1980.

 

En otras palabras, la disminución del valor y del precio de la fuerza de trabajo es un factor constante; otras concepciones lo llaman (aunque no es lo mismo) destrucción de capital humano.

 

6.      Ante los límites en la acumulación de capital

 

En Uruguay, desde hace años, las estrategias de acumulación de los capitalistas condujeron a que las posibilidades de un proceso “virtuoso” con inversión productiva y competitiva, que expanda el sistema, están muy limitadas. Es más, es posible afirmar que en el medio siglo hemos presenciado una desacumulación productiva, que no fue mayor gracias a los trabajadores.

 

Pero la necesidad de ganancias para el capital (y sus dueños) no se detiene. Esta presión genera un triple proceso: por un lado, “se estrujan al máximo los costos de la parte variable del capital, en una tentativa por ‘neutralizar’ las cada vez mayores brechas de productividad” (Delgado,Mañan:17). La baja despiadada en los salarios, retrógrado mecanismo de plusvalor absoluto, “traba cualquier intento de reestructuración interna de los procesos productivos” (ídem.:18).

 

Desde el punto de vista de la política económica, esto significa que el verdadero “ancla” que coloca el actual modelo neoliberal es el salarial. Todo lo demás, sea ancla “cambiaria” o, recientemente el intento de un ancla en la “política monetaria”, es pura ideología. Este ancla “verdadero” es el que en realidad se viene aplicando en todos los países latinoamericanos.

 

En segundo lugar, el capital busca nuevas esferas donde actuar. Esta es la parte más “visible”, al pretender aprovechar para su beneficio esferas previamente bajo dominio público, es decir estatal. El proceso de privatizaciones ha pasado por avatares diversos, avances y retrocesos, pero no ceja. En ocasiones busca apropiarse sólo de áreas rentables de las empresas públicas; en otras interesa la empresa en su conjunto. Este proceso tiene algunas similitudes con la llamada  “expansión de la frontera agrícola”, donde se incorporan progresivamente áreas no capitalistas al dominio del capital; en este caso es una “expansión de frontera” sobre actividades previamente vedadas al capital.

 

En este control de esferas previamente gubernamentales, en el área estrictamente financiera se incluyen las AFAPs y los seguros.

 

Por último, el desesperado avance por lo que podemos llamar “apropiación directa” de recursos de la economía, en especial financieros[24]. Existen desde hace años, aunque en períodos recientes (y el actual) adquieren un nivel inaudito en su descaro. Sin pretender agotar la lista, tenemos los “acuerdos” realizados con el pago de impuestos y/o leyes sociales. La solicitud de créditos a bancos públicos, eventualmente “honrados” pero siempre acompañados de quitas (obsequios) cuantiosas. El vaciamiento de bancos privados. La socialización de los costos por incobrables de las carteras pesadas, también de bancos privados. La fuga masiva de recursos al exterior, financiados por endeudamiento externo.

 

La orfandad de argumentos para que el capital privado actúe en la triple vertiente anterior, e incluso el carácter delictivo de la tercera, nos lleva a concluir que sólo es posible por el control político y el ejercicio de la coacción directa.

 

La evolución que anotamos impide que nos equivoquemos: estos resultados derivan de la propia lógica del modelo. No se trata de accidentes, de impactos externos ni, (para usar términos de sus defensores) “efectos no deseados” de la política económica.

 

7.      Las cooperativas de producción

 

Por distintas razones, el movimiento cooperativo uruguayo tiene una larga, importante y fecunda experiencia, probablemente la más avanzada de Latinoamérica. Pero debemos diferenciar tres áreas diferentes: el consumo, la vivienda y la producción. Las primeras cubren un amplio espectro de consumidores vinculados a centros de empleo esencialmente público y masivos. Empero, no han encontrado formas de articulación entre ellas y de enfrentar la ofensiva de los supermercados y el crédito al consumo, encontrándose en un impasse en su desarrollo.

 

En la vivienda se ubica el desarrollo más fuerte del movimiento cooperativo, y en el último período encuentra sus obstáculos más duros en la pauperización generalizada de la población (estos núcleos familiares no “alcanzan” los ingresos mínimos) pero, sobre todo, en la ofensiva política que desde hace años el gobierno plantea contra ellos.

 

En cuanto a las cooperativas de producción, claro objetivo a defender, lo cierto es que no avanzaron. Repitiendo una experiencia de muchos países, se “quedan” en cooperativizar relaciones de crédito, compra de servicios e insumos y, aleatoriamente, la venta de sus productos; sin avanzar hacia la producción misma. Se trata de una problemática de fondo, y además existen problemas legales sobre la responsabilidad colectiva de los créditos (hoy comprometen sólo a directivos); en demasiadas ocasiones los compromisos asumidos con la cooperativa son demasiado flexibles (prima el interés personal, por ejemplo en la venta de una cosecha); son temas a trabajar.

 

Con independencia del beneficio pecuniario que les significa operar bajo la razón social cooperativa, se mantiene una imagen positiva hacia ellas; una predisposición ideológica favorable importante; pero siempre es difícil el paso cualitativo de cooperativizar la producción. 

 

8.      Proyecto de clase y gobernabilidad

 

Al hablar en puntos anteriores de la “funcionalidad” del modelo neoliberal (véase por eje. pág. 4) nos referimos a que se trata de un proyecto de clase, vale decir, que supera los intereses inmediatos de alguno de sus grupos y, por supuesto, los agrupamientos partidarios de la burguesía. En Uruguay esto se comprueba con nitidez, e incluso llama la atención la solidez del compromiso para con sus aspectos fundamentales.

 

A partir del fin de la “sociedad amortiguadora” y la clara evolución del “batllismo” y del Partido Colorado hacia posiciones más de derecha (en consonancia con la realidad económica y social), los “escarceos” de diferentes grupos sociales y partidarios se limitaron a consolidar prebendas del Estado (créditos y otros favores) y a aprovechar períodos electorales[25].

 

Empero, la clase y sus agrupamientos partidarios no tienen dudas en lo fundamental; el dominio del capital sobre el trabajo. Hoy, que tantos discursos escuchamos, sobran ejemplos del respaldo al proyecto: el apoyo a la apertura externa; la defensa de la liberación de las tasas de interés y el crédito; la legalización de la dolarización; la “supresión del FRIGONAL, el cese de la intervención de EFCSA y cierre del frigorífico Fray Bentos; liberalización del precio del ganado y carne” (Rocca:14); el ballotage; el ataque al Estado; la gobernabilidad.

 

Finalicemos el apartado con esta última idea, de gobernabilidad, y citemos, por compartir plenamente estos conceptos:

 

“Para hacer compatible la democracia con la gobernabilidad, es decir, para impedir que la democracia interfiera con los intereses capitalistas (ingobernabilidad), la (Comisión) Trilateral impulsó una transformación profunda de la sociedad para hacerla menos demandante ...”

 “Gobernabilidad (es) la estabilidad política que se obtiene con la obediencia de los gobernados”.   (Beatriz Stolowicz:20).

 

9.      El poder económico

 

El poder ha devenido tema “tabú” en la izquierda, aunque el del poder económico algo menos. Afirmamos antes que no es exagerado señalar que la burguesía uruguaya tiene “pies de barro”, dada la dependencia de su relación con el Estado y de los países vecinos junto a la ausencia de un proyecto de desarrollo nacional. Pese a todo ello, nadie duda que tiene el poder.

 

La ausencia de dinámica económica indica que, en este plano, debemos rastrearlo en las relaciones de propiedad; medio siglo atrás se ubicaba preferentemente en los terratenientes con más de 2,500 hás, ¿hoy?. Mantienen el Estado a su servicio; los vínculos internacionales; la aceptación del secreto; el dominio sobre los medios de comunicación; las estructuras profundas de dominación ideológica, como por ejemplo la educación. ¿Se mantiene concentrado, y dónde? ¿Cuál es su dominio sobre los núcleos estratégicos de los complejos económicos?

 

Anotábamos antes la estrategia de “apropiación directa” de recursos financieros, hoy en auge: es una manifestación clara de poder. Otras, más tradicionales, las percibimos en torno al pago de impuestos: sencillamente, el agro y el sector financiero no pagan impuestos. ”En 1997 se recaudó por Patente de Perros $ 9.1 millones, tres veces lo pagado por Rentas Agropecuarias, aunque Ud. no lo crea” (Jericles:9/8/98). Por impuesto a la renta, en 1996, las empresas financieras pagaron 6.4 millones de dólares; el agro pagó 1,2 millones, y los asalariados y jubilados (Impuesto a las Retribuciones Personales, IRIC) pagaron 346.8 millones (Jericles;31/8/97); (véase también Blixen;20/6/97).

 

En una estructura de poder económico persistente en el largo plazo, es posible que sólo en el área comercial encontremos un cambio a destacar. A mediados del siglo pasado, el poder económico de la burguesía comercial derivaba esencialmente del comercio de exportación, en especial los barraqueros de lanas. Si bien tal poder no ha desaparecido, ya no tiene la relevancia anterior, y todo lleva a pensar que el poder comercial más importante lo pasó a detentar el gran comercio dirigido al mercado interno, sobre todo las transnacionales de los supermercados.

 

10. ¿Dónde estamos?

 

Esta rápida visión de medio siglo de economía en Uruguay debe culminar por responder esta pregunta. Descartando la hojarasca; evitando encandilarnos con fenómenos momentáneos, y buscando las raíces profundas.

 

Habida cuenta de cincuenta años de estancamiento, a pesar de ello ¿han desarrollado los capitalistas un sector dinámico, alguna “locomotora”? ¿Disponemos de algún apoyo o pilar a partir del cual afirmarnos para el futuro? Hay alguna rama y empresa eficientes; pero son  menores; la debilidad del proceso de acumulación de capital es evidente.

 

La hegemonía económica tradicional también persiste; no se desarrolló ninguna nueva, en sintonía con la evolución en la base estructural. En su momento hablamos de que el respaldo capitalista directo de la gestión estatal muestra un estrechamiento en su amplitud, lo que sin embargo no compromete tal vínculo. Esto ocurre incluso pese a que el respaldo actual, del capital financiero, es el del capital más retrógrado.

 

En todo caso, este proceso indica que, en lo político ideológico, tal hegemonía comienza a verse cuestionada.

 

También resulta coherente el hecho de que no exista un grupo de trabajadores al que se haya logrado “incorporar” al sistema. En otros países este proceso puede llegar a ser importante. En Uruguay, la desaparición de la “sociedad amortiguadora” es total[26].

 

Las bases nacionales de generación y apropiación de excedente económico han pasado a ser débiles. Históricamente, nuestro país logró cierto crecimiento con base en la propiedad esencialmente nacional de los medios de producción y pese a su inserción en circuitos comerciales y financieros de dominio extranjero. Pese a que dicha propiedad no varió sustancialmente, muchas de esas posibilidades se perdieron. En los últimos veinte años, destaca en tal sentido el control de la economía por el capital financiero y el flujo elevado y sistemático de traslado de recursos por medio de la deuda externa.

 

Luego de este medio siglo, ¿es posible volver atrás? La respuesta es obviamente negativa, pero lo cierto es que muchos “se anotan”. En primer lugar, fundamentalmente, aquellos que siempre se beneficiaron del control que tienen sobre el Estado. Pero también encontramos gremios con un funcionamiento muy corporativo, y con peso para hacer prevalecer sus intereses por sobre los del conjunto.

 

En esta imposible “vuelta atrás”, hay mitos que coadyuvan en la construcción de una imagen, que alimentan una “lembranza”, una “morriña”, y que, sin embargo, son erróneos.  ¿Quién de nosotros no se refirió alguna vez al “Uruguay de las vacas gordas”? Pues bien, la historia nos muestra con claridad que el Uruguay de “las vacas gordas” fue, en realidad, el Uruguay industrial[27].

 

Asimismo, y visto los límites que la propia estrategia de acumulación de los capitalistas uruguayos desarrollaron (véase nuevamente punto 6), el sentido común llevaría a plantear la situación de Uruguay como un “corralito económico”, parafraseando la experiencia argentina. Y la pregunta que durante meses agobió a los argentinos (y continúa) es “cómo se sale” de ese corralito económico o financiero.

 

La respuesta es que sólo se sale de un corralito económico si, previamente, salimos del corralito político. Si se mantiene una estructura política; una hegemonía y políticas económicas que, precisamente, condujeron a esto, sólo daremos vuelta en un círculo vicioso. En otras palabras, la situación es tal que exige plantearnos decisiones políticas; ellas alumbrarán el camino.

 

En definitiva, como otros escribieron, debemos optar entre salir de la crisis del capitalismo o construirnos una salida del capitalismo en crisis. Las palabras de Rosa Luxemburg, poco antes de la primera guerra mundial (europea) fueron proféticas: “socialismo o barbarie”.

 

 

Bibliografía citada.

 

 

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Barrenechea, Pedro: “Veinte años perdidos”, y “Más productos, menores precios”; en

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                  República. Mdeo, 20/7/97.

-          ”Las cifras del Estado”. En ídem., 31/8/97.

-          “De la realidad virtual del gobierno a la verdad concreta del pueblo”. En

       ídem, 9/8/98.

 Mañan, Oscar – s/f – La acumulación dependiente uruguaya 1985 – 1997: viejos

               Problemas, nuevos agravantes. Mimeo, México.

                         - c/p- comunicación personal. Agosto de 2002.

                          - 23/01/02. “Crónica de una muerte anunciada”. En Bitácora, La

     República, Mdeo.

Olesker, Daniel: Crecimiento y exclusión. Trilce. Mdeo. 2001.

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         2002.

Stolowicz, Beatriz: “Democracia gobernable: instrumentalismo conservador”, en

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Valenzuela, José: El neoliberalismo en América Latina, crisis y alternativas. Punto

 Cero; La Paz, Bolivia. 1996.

 

(Publicado en Hervidero Nº 1; Mdeo., abril de 2003)

 



[1] Desde el “Proceso Económico del Uruguay” publicado por el viejo Instituto de Economía en 1968, y emblemático aun con sus problemas en el análisis de la renta del suelo, estos enfoques de largo plazo no forman parte de las “inquietudes” académicas. Mucho menos se permiten desde el punto de vista del materialismo histórico, sistemáticamente acallado y reprimido. 

[2] Dado el carácter de estos comentarios, quienes deseen manejar datos que los ilustren, tendrán que aceptar lo disponible. Es más, si a los responsables de las estadísticas  les solicitan “50 años”, provocarán una estampida. Se sabe que presentan serias incongruencias; nuestras estadísticas no son serias.  

[3] Burbujas, o algunas “protuberancias” efímeras en las series estadísticas.

[4] El último politólogo uruguayo creativo u original.

[5] En esta presentación tomaremos la expresión “excedente económico” como formando parte de la metodología del materialismo histórico de manera plena. En rigor, ameritaría efectuar algunas precisiones al respecto, pero creemos que no son imprescindibles a este nivel, y facilita la exposición. 

[6] Esta pugna por la distribución de un excedente económico estancado es la verdadera base de procesos inflacionarios ocurridos en distintos períodos.

[7] Existen distintos conceptos, como “modelo” o “patrón de acumulación”. No es éste el lugar para discutirlo, y los utilizaré sin implicancias especiales. Del mismo modo, no consideraré posibles diferencias entre políticas “de corte liberal”, “modelo puro” o “lógicas más flexibles”; no son relevantes para los objetivos de esta presentación. 

[8] Que los llevaron al gobierno. Allí nació la consigna “la vuelta al campo”, o que “el Uruguay se salva con el campo o no se salva”, “un nuevo país”, todas con fuertes connotaciones hoy, año 2002.

[9] Otras interpretaciones señalan 1973 como el inicio del modelo neoliberal (Rocca;2002:9); o “fines de los sesenta” (Olesker;2001:28), y también Mañan, aunque señala, más acertadamente el período 1974 – 1977 como el “modelo más puro” (Mañan;s/f::2). Apuntamos claramente el inicio del período en 1959  no sólo por ser evidente sino, complementariamente, porque de esta manera se visualiza mejor la coherencia y continuidad clara en el largo plazo de la política económica con el período previo a la dictadura militar, y luego de ella con Sanguinetti, Lacalle y Batlle. Otros énfasis terminan por resaltar el “autoritarismo”, lo que nos lleva a “saltos” de la esfera económica a la política, de manera incorrecta.

[10] Considero extremadamente equivocado utilizar la expresión “retorno a la democracia”.

[11] Lo denominamos así por comodidad al ser la contemporánea; con anterioridad primaba la monetarista; algunos instrumentos obedecían a una teoría de la oferta. Se trata de políticas económicas para defender el capital, adaptadas al momento, y sustentadas todas en la teoría neoclásica.

 

[12] “El éxito de la Nueva Derecha en economía no es el resultado del descubrimiento de nuevas verdades (de hecho, las teorías datan de los comienzos del capitalismo moderno, con algunos adornos) sino de su parcial correspondencia con el programa adoptado por los sectores dominantes de la burguesía en esta época”. Ben Finey y Laurence Harris, citado por (Valenzuela;1996:19). Aún continúan los adornos, cada vez más sofisticados; pero no dejan de serlo por haber ganado varios premios Nobel.

[13] La aclaración es importante vista la polémica existente en torno al “fin del proletariado”. Quienes lo consideran en el sentido señalado en el texto y que defienden esta tesis, pierden rigor al no tomar en cuenta estos países con millones y millones de “proletarios mundiales”. Empero, si profundizamos en lo teórico, el concepto de proletario va mucho más allá de la idea histórica y reduccionista de trabajador  manual masivo. En este sentido, resulta clave la aclaración de Engels en el prólogo de la segunda edición británica del primer tomo de El Capital, donde indica que proletario es todo aquel que vende su fuerza de trabajo, o sea, un asalariado.

[14] Refiriéndose a comentarios de coyuntura en 2002 y al énfasis asignado al tipo de cambio, un autor señalaba con extrema claridad: “Una acumulación débil es irreconciliable a mediano plazo con una moneda fuerte” (Mañan;23/01/02).

[15] Algún dia habrá que aclarar qué son los “servicios”; cómo se estima su “aporte” a la riqueza nacional y cuáles son productivos y otros, la mayoría, no.

 

[16] Quizás con  excepción de la cebada.

[17] Hay quienes opinan que la renta internacional en gran parte ha disminuido; otros, por el contrario y entre quienes me cuento, creemos que el nivel de subsidios (y amparados en el proteccionismo) es una demostración clara del nivel muy alto en que permanece esta forma de la plusvalía, improductiva aun en términos capitalistas. Estos montos son explícita y directamente entregados al agro, no como ha ocurrido históricamente: transferencias de valor por la vía de la estructura de precios relativos.

 

 

[18] Entre los años 1994 y 1998 (un desfase excesivo como para atribuirlo al Plan) el agro creció apenas 14% en 5 años; un mínimo de alrededor del 2,5% al año.

[19] Hoy solicitan permanente refinanciaciones de sus deudas y se quejan del poder de los frigoríficos privados, entre innumerables reclamos.

[20] Eso no es todo: “comercio, restaurantes y hoteles” “aporta” alrededor del 70% de lo que contribuye la industria, algo más incluso que el sector agropecuario.

[21] Junto al alcance de estos apuntes, ello explica en el fondo la escasa o nula atención que prestamos a fenómenos ocurridos como las etapas inflacionarias; la situación fiscal y sus ajustes; las variables monetarias y tipo de cambio. Sin ignorar sus efectos a lo largo de medio siglo, incluso importantes,  sus fluctuaciones, manejos, etc. se parecen quizás a las “variaciones estacionales” que hay que despejar para quedarnos con el corazón del proceso. 

[22] Se han realizado sólo cálculos aproximados y  para algún período. Las dificultades y restricciones ideológicas en la academia para tales estimaciones son evidentes. En tanto lejano indicador de su tendencia, sólo existen series de la evolución del salario real (véase por ejemplo pág. 3). Tema pendiente.

[23] Desde hace muchos años, este proceso incluye un gran número de pequeños y medianos productores pauperizados; la otra cara de la concentración progresiva de la tierra.

 

[24] Otras denominaciones pudieran ser  “saqueo”; “robo legal de cuello blanco”.

 

[25] Es muy numeroso –y unánime- el grupo de economistas de derecha que dicen que la política económica vigente desde hace años de ninguna manera aplica instrumentos provenientes de Lord John Maynard Keynes. Incluso muchos economistas progresistas aceptan esta idea. En realidad, pierden de vista que, en los hechos, y al menos durante cada período preelectoral, los gobiernos tratan de aplicar fielmente sus enseñanzas. El “ciclo político” del gasto público, analizado tanto en Keynes como por Kalecki, goza de buena salud.

 

[26] Al respecto, una expresión de tipo periodístico quizás indicara la pérdida de una característica “diferenciadora” y la similitud del proceso uruguayo con el de la mayoría de otros países: “Uruguay, bienvenido a Latinoamérica” (bienvenido en tanto futuro de hermandad con los pueblos vecinos).

 

 

 

 

 

 

[27] Hoy, año 2002 y luego del “fin de semana histórico” del 3 y 4 de agosto, y cuando tantos “se anotan” en la “vuelta al campo” y expresiones similares, romper con este mito tiene una vigencia importante. Para nuestro futuro.