¿Bajó la inflación?

 

Gustavo Melazzi

 

En el Uruguay de hoy, pocos interrogantes deben parecer más insólitos que el del título. La respuesta afirmativa es tan aceptada que, incluso, de un tiempo a esta parte y en boca de voceros y comentaristas de las más variadas tiendas políticas, “no se entiende” por qué la gente, ingrata o ignorante, al responder a encuestas, mantiene actitudes negativas y llega a afirmar que no descendió.

   Empero, siempre es bueno reflexionar y cuestionarse “lo evidente”; aquello que es aceptado comúnmente como verdad. En tanto Doctor en Economía, mi especialidad no es la inflación, pero quizás, preguntándonos, podamos avanzar en el esclarecimiento de tal fenómeno.

 

   Lo importante es considerar diversos conceptos y teorías para abordar el tema. La teoría económica dominante, neoclásica (con sus variantes monetaristas, neoliberales, etcétera), y que sirve los intereses del capital, tiene una caracterización y explicación de la inflación. En función de sus conceptos y metodología se definen indicadores, para los que se reúnen datos, que no son “naturales” sino que se preguntan, relevan, ordenan y presentan acorde con tal teoría. Son los que se manejan profusamente.

 

   Pero hay otra teoría, la economía política, que intenta trascender los fenómenos y buscar contenidos, tomando la verificación práctica como único criterio de verdad. Con ella, la caracterización de la inflación es muy diferente a la dominante.

 

   Veamos. Recuerdo que en mis clases, al abordar por primera vez el tema de la inflación preguntaba a los estudiantes qué idea tenían., La respuesta era unánime: se trata de un fuerte aumento de los precios. Siempre preguntando, poco a poco llegábamos a la conclusión de que si todos los precios tenían el mismo incremento no había inflación, con lo cual llegábamos a un concepto clave: para que exista inflación los aumentos de precios deberían ser diferenciales y, en especial, que el precio rezagado fuera el salario.

   Luego, imaginemos un país: por ejemplo Uruguambia, en el año 2000. La información nos dice que, en relación con el año anterior, los precios disminuyeron 30%, mientras que los salarios permanecieron constantes, por lo cual el salario real (capacidad de compra) aumentó. La teoría neoclásica hablará de un descenso en la inflación, y lo mismo dirá la economía política.

 

   Pero ese mismo país, al 2001 presenta una “odisea en los precios” diferente. Comparando con el 2000, los precios disminuyeron nuevamente un 30 por ciento, pero en este caso también el salario disminuyó un 30 por ciento; el salario real no tuvo variación. La teoría dominante reiterará su opinión de que la inflación disminuyó, pero en esta alternativa la economía política dirá que no hubo descenso en la inflación; sólo se trató de una baja general en los precios. Invertida, es idéntica a la situación en que los estudiantes detectaban que “no pasa nada”.

 

   Consideremos al Uruguay de hoy, ¿tendrá al que ver con lo que imaginamos antes? En los últimos años, es notorio que el índice general de precios ha disminuido. Por su parte, veamos cuál fue el porcentaje de variación del salario real:

 

  Salario real:  1995/94:   - 2.9%

                          1996/95:     0.6%

                          1997/96:     0.2%

 

Fuente: PIT-CNT, Instituto Cuesta Duarte: Informe de Coyuntura abril de 1998, Cuadro V-1, pág. 33.

 

   En conclusión, y en forma simplificada, los trabajadores percibieron que los precios crecieron más que sus salarios en 1995: claramente, hubo inflación. En los años siguientes, 1996 y 1997, el panorama no presentó cambios. En el periodo, la disminución del salario real fue de 2.1 por ciento. La percepción general entonces no puede ser otra que negativa; la inflación persiste; estamos peor; los salarios no alcanzan.

   ¡Estamos en la misma situación que Uruguambia en 2001! Bajan los precios, pero también lo hacen los salarios. Y para ser más concluyentes todavía; volvamos a considerare la interesante gráfica publicada por BRECHA en su edición del 8-V-98.

 

   La relación entre salario e inflación reafirma estas conclusiones; el salario acompaña el descenso en los precios. Además, la gráfica nos permite ampliarlas. Desde 1987, y salvo pequeños momentos en 1991 y 1993, la percepción de los trabajadores y por tanto la respuesta en las encuestas debería ser la misma que tan “perplejos” deja a todos.

 

   Anotemos con un poco más de rigor –aunque esquemáticamente- de qué se trata cuando la economía política habla de inflación. La búsqueda de la ganancia es el motor del capitalismo; durante los períodos en que éste se desarrolla, el empresario busca y obtiene mayores ganancias por mecanismos “tradicionales” o normales, como son el plusvalor absoluto y el relativo. Este último, típicamente capitalista, implica una superación constante de la productividad. Pero cuando el desarrollo del sistema tiene problemas o se estanca, la búsqueda de la ganancia ya no se puede realizar sólo por mecanismos normales, y que mejoren la productividad. Así, aquellos capitalistas que controlen precios los aumentarán, como manera de transferir ingresos en su beneficio. Estos aumentos de precios, diferenciales, caracterizan la inflación. Luego, ésta constituye un mecanismo no tradicional para redistribuir ingresos a favor de los capitalistas[1].

 

   Hagamos algunos comentarios. El primero es que, obviamente, la economía política no reduce la inflación a la baja del salario real; pero si no la consideramos corremos el riesgo de caer en una confusión total. No es casual que, desde el gobierno e interesadamente, se hable de los perjuicios que para los trabajadores implica el “impuesto inflacionario”.

 

   Cuando se habla de inflación, desde sectores progresistas nos remitimos de inmediato al salario real. ¿Será sólo por ética y por una sensibilidad con los explotados, o también porque apuntamos a un tema económico central? En un acto reciente, con mucha intuición y gran claridad, Tabaré Vázquez se refirió al impacto “en el bolsillo de los trabajadores” de estos fenómenos. Paro la teoría económica dominante es accesorio, no central en la inflación; la economía política lo confirma y fundamenta como clave.

 

   Por último, no se trata de manejar otras cifras; el problema es conceptual, de conocimiento de la economía. Lo real es que el dominio de la teoría neoclásica, aunado a una falta de espíritu crítico, ha hecho verdaderos estragos, notorios en el medio académico, pero también dentro de la izquierda. Se culmina así compartiendo la incredulidad del gobierno. Sería mucho más fecundo y riguroso trabajar sobre estas hipótesis, en lugar de buscar “originalidades” y sugerir encuestas “mejor dirigidas”, quizás para determinar si la gente prefiere políticas de shock al estilo Ramón Díaz.

   En definitiva, “la gente es inteligente”. Responde correctamente. El tema está en que no debemos limitarnos a la teoría dominante para tratar de entenderlo.

 

(Publicado en Brecha, 22/mayo/1998)

 



[1] Por su incidencia generalizada; su aparente “neutralidad”, al parecer respondiendo sólo al mercado y por esconder decisiones de los empresarios, también se la ha utilizado por motivos ideológicos como arma frente a gobiernos populares. Sería una inocentada suponer que basta con mantener ciertos equilibrios macroeconómicos para que no haya inflación.