¿Bajó la
inflación?
En el Uruguay de hoy, pocos interrogantes deben parecer
más insólitos que el del título. La respuesta afirmativa es tan aceptada que,
incluso, de un tiempo a esta parte y en boca de voceros y comentaristas de las
más variadas tiendas políticas, “no se entiende” por qué la gente, ingrata o
ignorante, al responder a encuestas, mantiene actitudes negativas y llega a
afirmar que no descendió.
Empero, siempre
es bueno reflexionar y cuestionarse “lo evidente”; aquello que es aceptado
comúnmente como verdad. En tanto Doctor en Economía, mi especialidad no es la
inflación, pero quizás, preguntándonos, podamos avanzar en el esclarecimiento
de tal fenómeno.
Lo importante
es considerar diversos conceptos y teorías para abordar el tema. La teoría
económica dominante, neoclásica (con sus variantes monetaristas, neoliberales,
etcétera), y que sirve los intereses del capital, tiene una caracterización y
explicación de la inflación. En función de sus conceptos y metodología se
definen indicadores, para los que se reúnen datos, que no son “naturales” sino
que se preguntan, relevan, ordenan y presentan acorde con tal teoría. Son los
que se manejan profusamente.
Pero hay otra
teoría, la economía política, que intenta trascender los fenómenos y buscar
contenidos, tomando la verificación práctica como único criterio de verdad. Con
ella, la caracterización de la inflación es muy diferente a la dominante.
Veamos.
Recuerdo que en mis clases, al abordar por primera vez el tema de la inflación
preguntaba a los estudiantes qué idea tenían., La respuesta era unánime: se
trata de un fuerte aumento de los precios. Siempre preguntando, poco a poco
llegábamos a la conclusión de que si todos los precios tenían el mismo
incremento no había inflación, con lo cual llegábamos a un concepto clave: para
que exista inflación los aumentos de precios deberían ser diferenciales y, en
especial, que el precio rezagado fuera el salario.
Luego,
imaginemos un país: por ejemplo Uruguambia, en el año 2000. La información nos
dice que, en relación con el año anterior, los precios disminuyeron 30%,
mientras que los salarios permanecieron constantes, por lo cual el salario real
(capacidad de compra) aumentó. La teoría neoclásica hablará de un descenso en
la inflación, y lo mismo dirá la economía política.
Pero ese mismo
país, al 2001 presenta una “odisea en los precios” diferente. Comparando con el
2000, los precios disminuyeron nuevamente un 30 por ciento, pero en este caso
también el salario disminuyó un 30 por ciento; el salario real no tuvo
variación. La teoría dominante reiterará su opinión de que la inflación
disminuyó, pero en esta alternativa la economía política dirá que no hubo
descenso en la inflación; sólo se trató de una baja general en los precios.
Invertida, es idéntica a la situación en que los estudiantes detectaban que “no
pasa nada”.
Consideremos al
Uruguay de hoy, ¿tendrá al que ver con lo que imaginamos antes? En los últimos
años, es notorio que el índice general de precios ha disminuido. Por su parte,
veamos cuál fue el porcentaje de variación del salario real:
Salario real: 1995/94: - 2.9%
1996/95:
0.6%
1997/96:
0.2%
Fuente: PIT-CNT, Instituto Cuesta Duarte: Informe de
Coyuntura abril de 1998, Cuadro V-1, pág. 33.
En conclusión,
y en forma simplificada, los trabajadores percibieron que los precios crecieron
más que sus salarios en 1995: claramente, hubo inflación. En los años
siguientes, 1996 y 1997, el panorama no presentó cambios. En el periodo, la
disminución del salario real fue de 2.1 por ciento. La percepción general
entonces no puede ser otra que negativa; la inflación persiste; estamos peor;
los salarios no alcanzan.
¡Estamos en la
misma situación que Uruguambia en 2001! Bajan los precios, pero también lo
hacen los salarios. Y para ser más concluyentes todavía; volvamos a considerare
la interesante gráfica publicada por BRECHA en su edición del 8-V-98.
La relación
entre salario e inflación reafirma estas conclusiones; el salario acompaña el
descenso en los precios. Además, la gráfica nos permite ampliarlas. Desde 1987,
y salvo pequeños momentos en 1991 y 1993, la percepción de los trabajadores y
por tanto la respuesta en las encuestas debería ser la misma que tan “perplejos”
deja a todos.
Anotemos con un
poco más de rigor –aunque esquemáticamente- de qué se trata cuando la economía
política habla de inflación. La búsqueda de la ganancia es el motor del
capitalismo; durante los períodos en que éste se desarrolla, el empresario
busca y obtiene mayores ganancias por mecanismos “tradicionales” o normales,
como son el plusvalor absoluto y el relativo. Este último, típicamente
capitalista, implica una superación constante de la productividad. Pero cuando
el desarrollo del sistema tiene problemas o se estanca, la búsqueda de la
ganancia ya no se puede realizar sólo por mecanismos normales, y que mejoren la
productividad. Así, aquellos capitalistas que controlen precios los aumentarán,
como manera de transferir ingresos en su beneficio. Estos aumentos de precios,
diferenciales, caracterizan la inflación. Luego, ésta constituye un mecanismo
no tradicional para redistribuir ingresos a favor de los capitalistas[1].
Hagamos algunos
comentarios. El primero es que, obviamente, la economía política no reduce la
inflación a la baja del salario real; pero si no la consideramos corremos el
riesgo de caer en una confusión total. No es casual que, desde el gobierno e
interesadamente, se hable de los perjuicios que para los trabajadores implica
el “impuesto inflacionario”.
Cuando se habla
de inflación, desde sectores progresistas nos remitimos de inmediato al salario
real. ¿Será sólo por ética y por una sensibilidad con los explotados, o también
porque apuntamos a un tema económico central? En un acto reciente, con mucha
intuición y gran claridad, Tabaré Vázquez se refirió al impacto “en el bolsillo
de los trabajadores” de estos fenómenos. Paro la teoría económica dominante es
accesorio, no central en la inflación; la economía política lo confirma y
fundamenta como clave.
Por último, no
se trata de manejar otras cifras; el problema es conceptual, de conocimiento de
la economía. Lo real es que el dominio de la teoría neoclásica, aunado a una
falta de espíritu crítico, ha hecho verdaderos estragos, notorios en el medio
académico, pero también dentro de la izquierda. Se culmina así compartiendo la
incredulidad del gobierno. Sería mucho más fecundo y riguroso trabajar sobre
estas hipótesis, en lugar de buscar “originalidades” y sugerir encuestas “mejor
dirigidas”, quizás para determinar si la gente prefiere políticas de shock al estilo Ramón Díaz.
En definitiva,
“la gente es inteligente”. Responde correctamente. El tema está en que no
debemos limitarnos a la teoría dominante para tratar de entenderlo.
(Publicado en Brecha, 22/mayo/1998)
[1] Por su incidencia
generalizada; su aparente “neutralidad”, al parecer respondiendo sólo al
mercado y por esconder decisiones de los empresarios, también se la ha
utilizado por motivos ideológicos como arma frente a gobiernos populares. Sería
una inocentada suponer que basta con mantener ciertos equilibrios
macroeconómicos para que no haya inflación.