Política
macroeconómica, equilibrios y País Productivo
Los equilibrios, ¿son
inamovibles? ¿Cuáles son y según quién?
¿Cómo los enfocamos a la
luz del objetivo “país productivo”?
La mención de los “equilibrios
macro” ha pasado a ser una frase hecha que, para entender a qué refiere,
debemos investigar quién la dice, ya que cada uno le asigna contenidos
diferentes. La mayoría ignora de qué se trata, aunque todos reconocen
cierto barniz para iniciados o insinuaciones
de sofisticadas leyes inamovibles, lejos de una aprehensión más general.
Intentemos desbrozar y ordenar este tema, que para los
defensores de la política económica dominante opera como un corsé a nivel
monetario, supuesto orientador y garante de la marcha de toda la economía
y señalado como máximo factor
desestabilizador en caso de implementarse las propuestas de un gobierno
popular. Quienes defienden esta opción, por su parte, todavía no sistematizan
los contenidos y el sentido de tales equilibrios.
Antes que nada, el
objetivo es el desarrollo. Sin profundizar en este concepto, es evidente
que se trata de cambios, de impulsar una orientación popular en las tendencias
y características de la estructura económica. Esto conlleva necesariamente desequilibrios.
En otras palabras, si mantenemos estrictamente los equilibrios actuales, no
habrá cambios. A lo sumo, se podrá hablar de un crecimiento homogéneo, parejo,
de todas las variables; pero sin cambios acordes con la orientación definida.
Para cambiar es imprescindible empezar a variar, por
ejemplo, el peso relativo de la producción de alimentos frente a la importación
de sofisticados bienes de consumo. Habrá que alterar los actuales niveles de
ingreso según grupos poblacionales, al igual que la orientación del crédito.
También el uso del territorio y las políticas urbanas tendrán un enfoque
diferente, y las modalidades de transporte recibirán estímulos alternativos a
los existentes.
Podemos abundar con ejemplos, pero todos ellos se
potencian cuando aspiramos a pasar del modelo dominante, que privilegia el
sector financiero y el gran capital, a otro centrado en lo productivo y en
defensa de los trabajadores.
Una primera
conclusión, por tanto, es la de no temer los desequilibrios. Debemos
asumirlos como necesarios, y desmitificarlos, ubicándolos según el momento y el
proyecto a impulsar.
Esto no significa, por supuesto, actuar
irresponsablemente y negar que, al cabo de cierto período, en el largo plazo,
la economía requiere de proporciones, equilibrios, relaciones armónicas entre
sus variables. De lo que se trata es de evaluar cuáles son los “equilibrios
para el cambio” (valga la paradoja) determinantes para el logro de los
objetivos, y sus restricciones.
Para nuestro caso, el de un eventual gobierno popular,
debemos asumir con claridad tal contenido; que ello implica que el gobierno
debe constituirse en el orientador del proceso, y que en esta trayectoria
operarán dinámicamente los equilibrios necesarios. Por contraste, recordemos
que el modelo actual, cuyos personeros adujeron ceñirse estrictamente al libre
funcionamiento del mercado y a (ciertos) equilibrios monetarios
macroeconómicos, operó siempre sobre la base de recurrir principalmente a dos
variables “de ajuste” mediante las cuales “equilibraba” la economía según sus
objetivos: a) las “anclas” cambiaria o monetaria que, en el fondo sólo
encubrían la verdadera ancla, la salarial, y b) el ahorro externo, que sobre la
base de un sólido apoyo político norteamericano posibilitó recurrir a niveles insólitos
de endeudamiento externo.
¿Qué elementos
importan para nuestros equilibrios?
En el marco de un gobierno con orientación popular, la política hacia
los grandes agregados económicos debería considerar: 1) la proporcionalidad
entre los sectores productivos, de manera de atender el desarrollo nacional
acorde con el bienestar popular; 2) la tendencia (prevaleciente y la esperada)
de la distribución de la riqueza disponible, o sea producción, y empleo,
remuneraciones y beneficios; 3) la inversión (fuentes y usos) para la
reproducción, atendiendo la equidad y justicia social; 4) la inserción
internacional eficiente y necesaria para los ítems anteriores, y 5) los
requisitos de flujos y variables en la circulación monetaria al servicio de los
cuatro capítulos anteriores: i) dinero, ii) tipo de cambio, iii) crédito, iv)
cuentas fiscales, y v) estructura y evolución de los precios relativos.
De estos aspectos, desde el monetarismo de la escuela de
Chicago y Milton Friedman a las versiones más recientes (“neoliberales”) de los
Planes de Ajuste Estructural del FMI y Banco Mundial, sólo consideran
básicamente los monetarios, y “olvidan” el resto, incluso en contra de la
propia teoría económica neoclásica, que los engloba a todos. Incluso Paul
Samuelson, el autor más famoso, señala: “los resultados macroeconómicos de las
economías de mercado se juzgan mediante cuatro conjuntos de objetivos” y
detalla luego el nivel de producción real, el empleo elevado y los salarios,
nivel de precios estable, y saldo de comercio exterior y tipo de cambio,
cercanos a la estabilidad (véase Economía,
McGraw Hill, pág. 101).
Los criterios antes anotados se articulan sobre la base
de una enseñanza básica de la realidad: la producción es dominante frente a la
circulación monetaria. En consecuencia, debemos privilegiar sus tendencias y
requisitos; la esfera de la circulación deberá responder a ellos, satisfacer
sus necesidades sin generar obstáculos o dificultades.
Esta idea central se refuerza en el momento actual, dado
el objetivo explícito de fomentar y consolidar el desarrollo de un “país
productivo”. En otro contexto pero con aspiraciones similares, el de la Unidad
Popular en Chile, mucho importa una enseñanza en el sentido que destacamos.
Sergio Bitar (ex ministro y, en mi opinión, el analista más lúcido y riguroso
del proceso desde la visión del Poder Ejecutivo chileno), al referirse a “áreas
críticas para la regulación de los desequilibrios” destaca seis, con amplia
mayoría en el área de la producción (véase Transición,
socialismo y democracia S XXI eds. Pág. 311/2).
La experiencia de las últimas décadas de gobiernos
capitalistas en América Latina verifican con creces el fracaso de las ilusiones
monetarias. Pese a que ciertos intereses de clase se vieron beneficiados
económicamente, el intento de los controles monetarios no permitió un
funcionamiento capitalista con “gobernabilidad”, al punto de llegar al
descrédito actual, que puede comprometer al conjunto del sistema.
En definitiva, si aspiramos a un cambio profundo, asumamos que
es preciso desequilibrar este modelo y desarrollar otro. Que la armonía,
coherencia y compatibilidad de las variables sociales y económicas, los
“equilibrios macroeconómicos”, se orientarán básicamente desde el gobierno, en
el largo plazo, y en función del programa que se apruebe.
No debemos dejarnos ganar por lo usual, porque “es lo que
acostumbramos hacer” y presionados además por los dogmas de la derecha. Tampoco
asimilarnos a lo predominante sin pensar alternativas, descartando a priori las
que hubiere. Recordemos al Ché cuando
mencionaba que “es imposible construir algo diferente con las herramientas
melladas del capitalismo”.
Las variables centrales a considerar serán las de la
producción. En función de ella, y con justicia social, articularemos el
conjunto. Así, desde lo metodológico, y con tal secuencia y jerarquía de las
variables económicas, apuntalaremos los equilibrios macroeconómicos necesarios
para el “Uruguay productivo”.
26 de junio de 2004.
(Publicado en Brecha, 16/julio/2004)