Gustavo Melazzi.  Economista

 

Política macroeconómica, equilibrios y País Productivo

 

Los equilibrios, ¿son inamovibles? ¿Cuáles son y según quién?

¿Cómo los enfocamos a la luz del objetivo “país productivo”?

 

            La mención de los “equilibrios macro” ha pasado a ser una frase hecha que, para entender a qué refiere, debemos investigar quién la dice, ya que cada uno le asigna contenidos diferentes. La mayoría ignora de qué se trata, aunque todos reconocen cierto  barniz para iniciados o insinuaciones de sofisticadas leyes inamovibles, lejos de una aprehensión más general.

            Intentemos desbrozar y ordenar este tema, que para los defensores de la política económica dominante opera como un corsé a nivel monetario, supuesto orientador y garante de la marcha de toda la economía y  señalado como máximo factor desestabilizador en caso de implementarse las propuestas de un gobierno popular. Quienes defienden esta opción, por su parte, todavía no sistematizan los contenidos y el sentido de tales equilibrios.

            Antes que nada, el objetivo es el desarrollo. Sin profundizar en este concepto, es evidente que se trata de cambios, de impulsar una orientación popular en las tendencias y características de la estructura económica. Esto conlleva necesariamente desequilibrios. En otras palabras, si mantenemos estrictamente los equilibrios actuales, no habrá cambios. A lo sumo, se podrá hablar de un crecimiento homogéneo, parejo, de todas las variables; pero sin cambios acordes con la orientación definida.

            Para cambiar es imprescindible empezar a variar, por ejemplo, el peso relativo de la producción de alimentos frente a la importación de sofisticados bienes de consumo. Habrá que alterar los actuales niveles de ingreso según grupos poblacionales, al igual que la orientación del crédito. También el uso del territorio y las políticas urbanas tendrán un enfoque diferente, y las modalidades de transporte recibirán estímulos alternativos a los existentes.

            Podemos abundar con ejemplos, pero todos ellos se potencian cuando aspiramos a pasar del modelo dominante, que privilegia el sector financiero y el gran capital, a otro centrado en lo productivo y en defensa de los trabajadores.

            Una primera conclusión, por tanto, es la de no temer los desequilibrios. Debemos asumirlos como necesarios, y desmitificarlos, ubicándolos según el momento y el proyecto a impulsar.

            Esto no significa, por supuesto, actuar irresponsablemente y negar que, al cabo de cierto período, en el largo plazo, la economía requiere de proporciones, equilibrios, relaciones armónicas entre sus variables. De lo que se trata es de evaluar cuáles son los “equilibrios para el cambio” (valga la paradoja) determinantes para el logro de los objetivos, y sus restricciones.

            Para nuestro caso, el de un eventual gobierno popular, debemos asumir con claridad tal contenido; que ello implica que el gobierno debe constituirse en el orientador del proceso, y que en esta trayectoria operarán dinámicamente los equilibrios necesarios. Por contraste, recordemos que el modelo actual, cuyos personeros adujeron ceñirse estrictamente al libre funcionamiento del mercado y a (ciertos) equilibrios monetarios macroeconómicos, operó siempre sobre la base de recurrir principalmente a dos variables “de ajuste” mediante las cuales “equilibraba” la economía según sus objetivos: a) las “anclas” cambiaria o monetaria que, en el fondo sólo encubrían la verdadera ancla, la salarial, y b) el ahorro externo, que sobre la base de un sólido apoyo político norteamericano posibilitó recurrir a niveles insólitos de endeudamiento externo.

            ¿Qué elementos importan para nuestros equilibrios?  En el marco de un gobierno con orientación popular, la política hacia los grandes agregados económicos debería considerar: 1) la proporcionalidad entre los sectores productivos, de manera de atender el desarrollo nacional acorde con el bienestar popular; 2) la tendencia (prevaleciente y la esperada) de la distribución de la riqueza disponible, o sea producción, y empleo, remuneraciones y beneficios; 3) la inversión (fuentes y usos) para la reproducción, atendiendo la equidad y justicia social; 4) la inserción internacional eficiente y necesaria para los ítems anteriores, y 5) los requisitos de flujos y variables en la circulación monetaria al servicio de los cuatro capítulos anteriores: i) dinero, ii) tipo de cambio, iii) crédito, iv) cuentas fiscales, y v) estructura y evolución de los precios relativos.

            De estos aspectos, desde el monetarismo de la escuela de Chicago y Milton Friedman a las versiones más recientes (“neoliberales”) de los Planes de Ajuste Estructural del FMI y Banco Mundial, sólo consideran básicamente los monetarios, y “olvidan” el resto, incluso en contra de la propia teoría económica neoclásica, que los engloba a todos. Incluso Paul Samuelson, el autor más famoso, señala: “los resultados macroeconómicos de las economías de mercado se juzgan mediante cuatro conjuntos de objetivos” y detalla luego el nivel de producción real, el empleo elevado y los salarios, nivel de precios estable, y saldo de comercio exterior y tipo de cambio, cercanos a la estabilidad (véase Economía, McGraw Hill, pág. 101).

            Los criterios antes anotados se articulan sobre la base de una enseñanza básica de la realidad: la producción es dominante frente a la circulación monetaria. En consecuencia, debemos privilegiar sus tendencias y requisitos; la esfera de la circulación deberá responder a ellos, satisfacer sus necesidades sin generar obstáculos o dificultades.

            Esta idea central se refuerza en el momento actual, dado el objetivo explícito de fomentar y consolidar el desarrollo de un “país productivo”. En otro contexto pero con aspiraciones similares, el de la Unidad Popular en Chile, mucho importa una enseñanza en el sentido que destacamos. Sergio Bitar (ex ministro y, en mi opinión, el analista más lúcido y riguroso del proceso desde la visión del Poder Ejecutivo chileno), al referirse a “áreas críticas para la regulación de los desequilibrios” destaca seis, con amplia mayoría en el área de la producción (véase Transición, socialismo y democracia S XXI eds. Pág. 311/2).

            La experiencia de las últimas décadas de gobiernos capitalistas en América Latina verifican con creces el fracaso de las ilusiones monetarias. Pese a que ciertos intereses de clase se vieron beneficiados económicamente, el intento de los controles monetarios no permitió un funcionamiento capitalista con “gobernabilidad”, al punto de llegar al descrédito actual, que puede comprometer al conjunto del sistema.

            En definitiva,  si aspiramos a un cambio profundo, asumamos que es preciso desequilibrar este modelo y desarrollar otro. Que la armonía, coherencia y compatibilidad de las variables sociales y económicas, los “equilibrios macroeconómicos”, se orientarán básicamente desde el gobierno, en el largo plazo, y en función del programa que se apruebe.

            No debemos dejarnos ganar por lo usual, porque “es lo que acostumbramos hacer” y presionados además por los dogmas de la derecha. Tampoco asimilarnos a lo predominante sin pensar alternativas, descartando a priori las que hubiere. Recordemos al Ché cuando mencionaba que “es imposible construir algo diferente con las herramientas melladas del capitalismo”.

            Las variables centrales a considerar serán las de la producción. En función de ella, y con justicia social, articularemos el conjunto. Así, desde lo metodológico, y con tal secuencia y jerarquía de las variables económicas, apuntalaremos los equilibrios macroeconómicos necesarios para el “Uruguay productivo”.

 

26 de junio de 2004.

 

(Publicado en Brecha, 16/julio/2004)