SOBERANÍA ALIMENTARIA, UN ENFOQUE ACTUAL, CONCRETO Y CLASISTA.

Montevideo, 8 de junio de 2007.

Autor: William Yohai

Institución: Comisión de asuntos agrarios del PIT-CNT.

 

Conceptos extraídos de Wikipedia, modificados levemente por nosotros.

La soberanía alimentaria es un concepto político introducido en 1996 por Vía Campesina en Roma, con motivo de la Cumbre Mundial de la Alimentación de la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Se entiende como el derecho de cada pueblo a definir sus propias políticas agrarias y alimentarias de acuerdo a objetivos de desarrollo sostenible y seguridad alimentaria. Ello implica la protección del mercado doméstico contra los productos excedentarios que se venden (vía dumping) más baratos en el mercado internacional.

Este nuevo concepto, constituye una ruptura con relación a la organización actual de los mercados agrícolas puesta en práctica por la OMC. En contraste a la seguridad alimentaria definida por la FAO, que se centra en la disponibilidad de alimentos, la soberanía alimentaria incide también en la importancia del modo de producción de los alimentos y su origen. Resalta la relación que tiene la importación de alimentos baratos en el debilitamiento de producción y población agraria locales.

Para ampliar el concepto, transcribimos la siguiente cita de Gustavo Duch Guillot, que es, a nuestro juicio, muy pertinente:

Soberanía alimentaria:

"La soberanía alimentaria es el derecho de los pueblos, comunidades y países a definir sus propias políticas agrícolas, pastoriles, laborales, de pesca, alimentarías y agrarias que sean ecológica, social, económica y culturalmente apropiadas a sus circunstancias  exclusivas".

 La soberanía alimentaria es el derecho de los pueblos a definir sus propias políticas agrícolas, pastoriles y de pesca que sean ecológica, social, económica y culturalmente apropiadas a su desarrollo, en armonía con las posibilidades productivas y los derechos de otros pueblos.

Es decir, se reconoce el derecho de las poblaciones campesinas a la producción de alimentos y al acceso a los recursos necesarios para producirlos: tierra, agua y semillas, que aseguren las capacidades propias de alimentarse y vivir del medio rural. Porque la falta de acceso a las tierras fértiles o al agua de riego y la invasión de las semillas comerciales son seguramente las tres causas principales de la pobreza en el medio rural.

Este nuevo paradigma contrasta con otra tendencia actual promovida por la Organización Mundial del Comercio, las agroindustrias y algunas ONG, que colocan el comercio internacional de alimentos como la solución para los países empobrecidos. Pero ya son muchos los años y experiencias que demuestran que el comercio internacional de alimentos sólo tiene sentido cuando la alimentación local está asegurada. La soberanía alimentaria defiende en primer lugar el derecho a producir alimentos localmente para la población de la zona, potenciar el autoconsumo y los mercados locales a partir de sistemas agrícolas no pensados primordialmente para la obtención de divisas vía el comercio exterior.  en la producción de bienes económicos (como los monocultivos), sino en la producción de alimentos. Una agricultura que requiere de muy pocos insumos externos, sustentada en el uso de semillas locales (con gran variación y adaptabilidad a cada ecosistema) y diversificada. Sistemas agrícolas que se demuestran más capaces de producir mayor cantidad de alimentos y dinamizar las economías rurales que los sistemas industrializados, capaces sólo de generar más beneficios económicos para las pocas personas que los controlan.

Gustavo Duch Guillot es director de Veterinarios sin Fronteras

El concepto de seguridad alimentaria hace referencia a la disponibilidad así como al acceso a alimento en cantidad y calidad suficiente. La seguridad alimentaria abarca cuatro dimensiones:

  1. Disponibilidad (producción interior, capacidad de importación, de almacenamiento y ayuda alimentaria)
  2. Acceso (depende del poder de compra y de la infraestructura disponible)
  3. Estabilidad (infraestructuras pero también estabilidad climática y política)
  4. Salubridad, calidad (higiene, principalmente acceso al agua)

Como se ve de las definiciones, en Uruguay las cosas no transcurren exactamente de este modo. Como bien sabemos, producimos alimentos para cubrir las necesidades de una población varias veces la nuestra mientras nuestro pueblo tiene problemas para alimentarse.

Y como por una serie de razones, entre ellas la disponibilidad de tierra per cápita y un régimen de lluvias, temperaturas, etc. favorables, somos altamente competitivos a nivel internacional en la producción de alimentos.

Es interesante resaltar la contradicción que se da en países como el nuestro, grandes productores y exportadores de alimentos entre, por un lado la conveniencia que se supriman las barreras arancelarias y no arancelarias al comercio internacional de alimentos y por otro los problemas que la disminución de dichas barreras ocasionan cuando se produce.

Entre ellos: la tendencia a producir commodities agropecuarios en gran escala, utilizando paquetes tecnológicos producidos en el exterior, con uso intensivo de maquinaria pesada y compleja, que conlleva necesariamente concentrar la producción en pocos rubros, expulsando población del campo, concentrando la propiedad y uso de la tierra, promoviendo procesos erosivos acelerados del suelo, con contaminación acelerada de éste, así como de aguas y aire,  y volviendo al país sumamente vulnerable a las variaciones, frecuentemente violentas de los precios de aquellos.

¿Cómo se resuelve entonces esa contradicción?

Obviamente, desde el punto de la teoría económica, para el país en su conjunto es conveniente que su producción exportable se venda en las mejores condiciones de precio y estabilidad posibles. Todo impuesto que se cobre a las exportaciones del país representa un ingreso que se apropia el país importador, con la correlativa pérdida nuestra.

Pero ese hecho no puede impedirnos ver el efecto fundamental que sobre los trabajadores tiene definir cómo se apropia ese valor. O sea, al país en su conjunto le conviene vender más a los mejores precios posibles. Pero ese “país en su conjunto”, en una sociedad de clases, como la nuestra, no existe como tal. El balance puede hacer que sea mejor generar y obtener menos valor a cuenta de que una mayor fracción de éste sea apropiado por la clase o clases trabajadoras. No puede, por tanto obviarse éste tema a la hora de definir la conveniencia o inconveniencia de unas u otras políticas.

Esto tiene mucho que ver con el tema de, por ejemplo los Tratados de Protección de Inversiones  Libre Comercio. Teóricamente mejorar el acceso a mercados del exterior es intrínsecamente bueno. Pero cuando se entran a analizar las concesiones que en política interna es necesario hacer para lograr ese mejor acceso se concluye siempre que es necesario reducir la capacidad del Estado de amortiguar (por no mencionar eliminar) las inequidades en la distribución del ingreso,  de planificar las grandes líneas (por lo menos) del desarrollo económico y social, y en fin, de generar una sociedad justa y democrática.

En este contexto es también imprescindible analizar fenómenos nuevos, como es el caso de la forestación masiva para producir pasta de celulosa. Y aquí vemos cómo, de continuar como viene haciéndolo hasta ahora, ésta va a chocar frontalmente con la soberanía alimentaria de nuestro país, y tal vez, también con su seguridad alimentaria. Los defensores a ultranza del rumbo fijado en este tema por los últimos gobiernos, que no es otra cosa que una línea de política económica generada por los países del Norte desarrollado por distintos motivos, entre ellos, la preservación de su entorno ecológico y de su soberanía alimentaria, además de la creciente necesidad para su industria papelera de contar con fuentes baratas de pasta de celulosa, afirman que el porcentaje de la tierra existente en el país asignado a la producción de madera para celulosa es hoy del 5% de su superficie, no debiéndose, en el mayor de los casos superar el 20%. Lo que no dicen es qué parte del país se está forestando. Por razones de economías en un rubro fundamental de la industria, el transporte, las plantas de celulosa están destinadas a instalarse en el Litoral del Río Uruguay y eventualmente en el centro del país. Se trata de su zona más productiva para alimentos, con mejor infraestructura, con mayor densidad de población y la que más podría prestarse a un proceso de colonización acelerada, con el objetivo de impactar en forma duradera y real sobre la pobreza estructural.

Y como el concepto de soberanía alimentaria engloba también el tema del acceso a la tierra y al agua, así como a los insumos necesarios para producir en forma sustentable, tales como maquinaria, herramientas y semillas cuyo suministro no dependa de las poquísimas trasnacionales dueñas del negocio, no puede dejarse de lado, al hablar de soberanía y seguridad alimentarias, la necesidad de comenzar rápidamente a revertir el proceso de contrarreforma agraria que azota a nuestro país.

En ese sentido, se impone adoptar el ya conocido IMPUESTO A LA PRODUCCIÓN MÍNIMA EXIGIBLE, como una vía para reducir la especulación con los precios de la tierra y para generar recursos para financiar la compra de tierras y las demás inversiones que conlleva un proceso de colonización.

En nuestro país, como es ampliamente conocido, una parte significativa de la población, en particular, pero no solamente, la población indigente, que pese a su disminución en los últimos años todavía alcanza varias decenas de miles de personas, no alcanza a cubrir en cantidad y calidad de alimentos sus necesidades plenas.

Existen aquí, a nuestro entender, dos problemas, o tal vez, dos caras de uno mismo: a) un problema de distribución interna, secuela de la desigual distribución del ingreso vigente, que si bien nos deja en lugares altos de la tabla en el contexto latinoamericano, nos ubica muy abajo cuando se considera el conjunto del mundo, especialmente los países desarrollados de Europa.

b) un problema de competencia por los alimentos con las exportaciones. O sea, nuestros pobres compiten por la comida con los ricos, y no tanto, del mundo desarrollado, y ahora, por obra y gracia del nuevo modelo de consumo y producción de energía impulsado por el imperio por razones de su exclusiva conveniencia,  con los vehículos de los habitantes de los países desarrollados.

Por tanto, en ausencia del poder regulador del Estado, que supuestamente debe defender los intereses de los más necesitados, protegiéndolos de los violentos avatares del mercado, la tendencia al aumento de los precios internacionales de los alimentos básicos, (cereales, oleaginosas, leguminosas, carne, lácteos, etc.) va a hacer cada vez más difícil la vida de los habitantes del país. Aun recordamos las lecciones en ese sentido de Amartya Sen, cuando relataba cómo, durante la hambruna en Irlanda, que costó miles de vidas, salían los barcos cargados de alimentos, entre ellos carne, grasas comestibles y cereales, hacia Inglaterra.

Este es un pequeño trabajo, centrado en comenzar una discusión básica sobre el tema. No pretende por tanto, agotarlo, ni siquiera tratarlo extensamente en toda su complejidad.

De todas formas consideramos que es imprescindible plantear ya en esta etapa de la discusión, y especialmente en la coyuntura, cuando el Ministro de GAP acaba de anunciar aumentos de toda una serie de alimentos básicos, harinas, aves, huevos, etc. y cuando los “operadores” anuncian más aumentos del precio de la carne, existe una medida ampliamente conocida, eficaz, que cumple con varios objetivos de beneficio popular, y que está plenamente al alcance del actual Gobierno pues su implementación no necesita mayorías especiales en el Parlamento.

Se trata de la imposición de impuestos (también llamadas detracciones), a ciertas exportaciones. El efecto automático de estas medidas, en un contexto de mercado libre, es bajar el precio interno de los productos exportables. La imposición de detracciones hace que para un exportador baje la expectativa de precio a obtener con la venta al exterior, y, como los precios se arbitran, el producto se venderá en un mismo porcentaje más barato en el mercado interno.

Otro efecto beneficioso para el conjunto de la población es que ese impuesto implicará una mayor recaudación para el Estado, que podría eventualmente volcarse a gasto social (educación, salud,  o aún al subsidio de algunos rubros alimentarios esenciales).

Beneficiarios adicionales de este tipo de medidas serían algunos agroindustriales que compiten por la materia prima con sus similares del exterior, quedando desprotegidos ante escalas mucho mayores o incluso, ante subsidios. Caso típico, el país exporta principalmente las oleaginosas como semillas, negándose a sí mismo la posibilidad de industrializarlas y exportarlas, por lo menos, como aceites. Con el perjuicio agregado que se priva a nuestra ganadería de las “tortas”, subproductos de la producción de aceites vegetales, que son un excelente alimento para el ganado bovino.

Y, para terminar de enumerar los efectos beneficiosos para la sociedad en su conjunto, es claro que la retención de una parte del valor generado por parte del Estado, ocasiona para el país un ingreso extra de dinero a costa del país importador.

Como siempre sucede, al interior del Uruguay alguien habrá de pagar el costo. En el caso de la producción agropecuaria, el mismo recaerá sobre los productores y sobre las diversas cadenas agroindustriales, en el caso de que se trate de productos, como la carne y los lácteos que sufren un proceso manufacturero en el país.

La actual situación de precios en el mercado internacional y por lo tanto, nacional, es tal que, a nuestro juicio habilita plenamente la imposición de tasas razonables y variables de acuerdo a las circunstancias, a los principales rubros de exportación de alimentos.

Dada la actual concentración de la propiedad y uso de la tierra, el grueso de los perjudicados serán unas pocas empresas y o personas físicas. Habría, eventualmente, que calibrar y analizar la protección de algunos pequeños productores agropecuarios que por sus escasas escala y capacidad técnica y financiera correrían peligro en su supervivencia como tales.

Por supuesto, los intereses afectados utilizarán su arsenal de argumentos, fundamentados por los técnicos a su servicio, centrados en la inconveniencia de modificar las condiciones del mercado, supuesto padre de todos los milagros, a través de las inversiones, que fatalmente desaparecerán si se aplican estos mecanismos.

Basta, para refutarlos, el caso Argentino, que aplicando tasas altas de detracciones, ha logrado, no obstante mantener una tasa de inversión bruta fija mucho mayor que la nuestra.

Este trabajo no tiene otra intención que comenzar a discutir de frente temas que hace tiempo el país ha, para beneficio de unos pocos, olvidado. Aquí, como en toda cuestión económica y social cada opinante tendrá que dar la cara y se transparentará algo que habitualmente el consenso dominante pretende ocultar: qué intereses se defienden.