España: un nuevo mapa político posible

España: un nuevo mapa político posible

No se puede decir con simpleza que se tratara únicamente de elecciones municipales y autonómicas, porque ante sus resultados hay que recordar similares que produjeron un giro de 180º a España y que están a la vuelta de la esquina de la historia, cuya memoria no se ha apagado: el 14 de abril de 1931, con el triunfo de los partidos republicanos (ganadores en las grandes ciudades y perdedores del cómputo general), ocurrió la salida de Alfonso XIII hacia Roma y la proclamación de la II República Española.

Hoy ni Mariano Rajoy dimite ni se ha planteado una república, que tarda todavía en llegar; sin embargo, no eran unos comicios más: se optaba entre un modelo de hacer política de espaldas a las personas y otro que ponía el acento en problemas reales, cercanos, de cada día, como el conseguir llenar la canasta para comer.

El discurso de Izquierda Unida estaba superado por la realidad –que se imponía a la ficción–, enfrentando los problemas reales al dogmatismo de las ideas sobre las personas. Izquierda Unida se durmió en brazos de protagonismos de resecos laureles, de ideas inspiradoras pero nunca puestas al servicio de las personas. Tampoco era tiempo de plantear problemas políticos (forma de Estado, ordenación territorial), sino de resolver las consecuencias del ataque sufrido por medidas que favorecieron la crisis y enfrentar novedosamente los problemas sociales ignorados que sólo ofrecieron beneficios a banqueros e industriales.

Aprovechando la situación se subieron al carro ciertos partidos, formaciones oportunistas, como Ciudadanos, de inspiración evidentemente nacionalista-españolista y de corte mussoliniano, con tintes de pragmatismo televisivo estadunidense, se explotó la caída del Partido Popular –infectado de nuevos ricos corruptos– para dar la imagen de renovación a la derecha más reaccionaria. Lo peligroso de Ciudadanos es que no tiene ideología, pero su líder –Albert Rivera– sabe hablar, es el buhonero moderno, televisivo, posible protagonista de cualquier serie intrascendente de sobremesa para poco advertidos y gente conformista con pocas luces. Su discurso es el de cualquier chairman o CEO –como les dicen– que procura convencer que se compre su producto, aunque no se sepa si sirve o para qué sirve, pero que si se lo adquiere sobrevendrá la felicidad. Con razón decía Ortega y Gasset (en La rebelión de las masas) que la masa no pensaba, que sólo tras años de repetir las ideas por la élite intelectual y social, calaba el mensaje y se la podía movilizar. La esperanza es que Ciudadanos caiga pronto, porque no tiene bases, además que se han colado numerosos indeseables inspirados en la filofascista Falange Española.

El PP fue el gran perdedor pese a que en número total de votos haya sido el partido más votado. Pero perdió porque han caído mucho sus fuerzas en las ciudades y algunas autonomías clave que consideraba suyas, y aunque conserve la emblemática Comunidad de Madrid, el ayuntamiento capitalino será para una alcaldesa de Podemos-Ahora Madrid –Manuela Carmena–, además de la amplia alianza de Podemos-Barcelona en Comú, con Ada Colau, y Joan Ribó en Valencia con Compromis, en todo los casos con apoyo del PSOE. La realidad es que en el PP –investigado por los jueces y por la policía– periódicamente cae un miembro destacado.

Aún queda algo decente en la derecha, si tenemos en cuenta que la mayoría de los jueces del país son conservadores: poco a poco, empiezan a llegar las condenas y unos -demasiado pocos- encarcelamientos de sus “aclamados próceres”. El PP es un partido corrupto. No se explica cómo la justicia no ha decidido disolverlo por su semejanza con una organización criminal. Quizá no lo han hecho porque es el que manda, o porque sería un escándalo en la Unión Europea y debe decirse que tampoco hay tanta distancia entre sus dirigentes y los de países que presumen de liderazgo dentro de ella, como la Alemania merkeliana.

Pero no es la corrupción la que le ha pasado la mayor factura al PP; mucho más le ha afectado esconder la realidad, engañar, mentir –en definitiva– sobre la crisis y sus soluciones, favoreciendo a los ricos, a bancos y grandes empresas, abandonando a los ciudadanos. Es un país donde está previsto qué hacer con los muebles de la vivienda cuando desahucian y desalojan a una familia, no está previsto qué hacer con las personas, a las que se deja en la calle mientras el mobiliario lo recoge el ayuntamiento. La realidad es la existencia de más de 5 millones de parados y donde más de 6 millones cobran el salario mínimo (648,60 euros mensuales); recortes brutales en sanidad vendiéndola a privados, aunque sean “fondos buitre” o “empresas del ladrillo”, las mismas que tanto contribuyeron a agrandar la crisis española. Otro tanto ocurre con la educación. Más que la corrupción, han sido éstas las causas de la debacle del PP: le han quitado a las familias lo poco que tenían y en lo que creían –salud y educación–, robándoles la esperanza y hasta cebándose con las pensiones de los que trabajaron toda una vida por algo mejor.

Ahora los ciudadanos esperan que agrupaciones y partidos se entiendan, que colaboren, que confluyan y cooperen entre ellos, que solucionen los problemas sociales, los humanos, mucho más urgentes que los problemas políticos. Podemos debe ofrecer una vía alternativa a la gente común que lucha cada día por vivir con dignidad. Si se pierde esa ilusión de buscar a las personas más honradas y capaces para manejar la cosa pública -por encima de la política tradicional lampedusiana-, si caen en los mismos vicios de los partidos “de toda la vida”, no habrá servido de nada esta pacífica revolución municipal en las urnas.

Dentro de seis meses vuelve a haber elecciones, que serán generales de Legislativo, de donde saldrá el gobierno de la nación. Éste, entonces, no es el momento de protagonismos sino de medidas concretas que aseguren igualdad, cooperación, beneficio colectivo, esfuerzo para el bien común, terminar con desahucios y desalojos, con las colas en los bancos de alimentos, con los recortes en sanidad y educación, que éstas dejen de ser el negocio de unos pocos y sean verdaderos derechos de todos.

Menos claro es qué papel va a jugar el PSOE, al que la historia reciente no ayuda. Ha perdido votos –no tantos como el PP–, pero no deja de pensar en glorias pasadas y en que puede recuperar protagonismo, por lo que le cuesta ceder ante la necesaria convergencia con movimientos y partidos emergentes. Tiene los vicios y resabios de un partido que ha gobernado –referente social durante algunos años–, pero eso sólo sirve para los manuales de historia, porque la realidad es otra e ignorarla puede suponer su defunción, dado que no fue poca la tibieza social acumulada cuando adhirió a la tesis de la “tercera vía al socialismo”, de Anthony Giddens, con la que se arrojó en brazos de la economía de mercado y perdió relación con el entorno.

El poder financiero y las grandes empresas ya se han movilizado: desde los medios afines a la rancia iglesia católica, los periódicos conservadores como ABC y La Razón, las emisoras de radio y televisión –fieles voceros de la derecha– ya iniciaron la cruzada contra “los comunistas”, los “frente-populistas”, los “radicales”. Se hacen eco de los perdedores que demandaban un “pacto de Estado contra el radicalismo”; que tildaban a la izquierda de “favorecedora de etarras y antisistema” o que Podemos y Barcelona en Comú, eran “nostálgicos del comunismo” y del “gran califato” (en referencia al Estado Islámico). Pocas veces se han oído tantas barbaridades en tan poco tiempo dichas con tanta rabia. Es preocupante, porque tienen razón en algo: se parece mucho a lo que pasó en 1936 y acabó en guerra civil, propulsada por quienes se parecían a estos falsos profetas del “mundo como dios manda”.


Para la elaboración de esta nota el autor agradece el invaluable intercambio con el Dr. Jordi Banyo i Aracil, profesor de derecho de la Facultad de Valencia.

Publicado en “Voces”

Acerca del autor

Ruben Montedonico
Ruben Montedonico 8

En Montevideo trabajó en CX 8 - Radio Sarandí (1972-76). En el exilio escribió en El Día, México; El nuevo Diario de Nicaragua y Agencia Nueva Nicaragua (1983-90) , y en Novedades, La Jornada y Aldea Global de México (1998-2014). Actualmente lo hace en Uruguay para el semanario Voces.