¿Estamos en el final de una etapa, o…?

¿Estamos en el final de una etapa, o…?

En general, para hablar de etapas históricas hay que tener una perspectiva en el tiempo. No es fácil tipificar una etapa cuando aún se está dentro de ella. En mi caso puedo tener una visión subjetiva que tienda a identificar como etapa el transcurso de mi vida activa.

Sin embargo, creo que encuentro algunos elementos para marcar como una etapa definida en la historia del país (con correlatos en el resto de Nuestramérica), la que se ha dado a partir de la década del cincuenta hasta nuestros días.

El fin del neo batllismo, con su capacidad de generar un cierto bienestar en la sociedad (época de las “vacas gordas”), en base a un contexto internacional favorable, generó una serie de luchas, tanto de los trabajadores como de los sectores medios, en defensa de las mejoras conquistadas en ese período. Sin duda esas luchas tenían sus antecedentes, pero fueron creciendo en intensidad y motivando cambios.

La oligarquía se apoyó en ese descontento y las luchas por él generadas (expresado por ejemplo en la lucha por la Ley Orgánica de la Universidad) para desplazar del gobierno al batllismo y promover una concentración de la riqueza en beneficio de banqueros y latifundistas. Tras un breve período de expectativa, las luchas se retomaron y las clases dominantes se fueron orientando hacia una respuesta duramente represiva.

En la década del sesenta, con el ejemplo reciente de la revolución cubana, fue ganando terreno entre los sectores populares un sentimiento antiimperialista, se fue creciendo en conciencia y organización y además, independientemente de la metodología de lucha que se priorizara, se fue desarrollando un programa de soluciones, opuesto a los intereses de la oligarquía y el imperialismo; por distintas vías se produjo una acumulación de fuerzas con un horizonte de cambios hacia el socialismo (o a lo que se entendía como la superación del modelo capitalista con fuerte dependencia del Imperio yanki). Pese a la derrota y los años duros, esa acumulación de fuerzas y su programa logró sobrevivir a la dictadura y reapareció con un acuerdo implícito de enfrentar a la expresión nacional del capitalismo a partir de la organización popular, la difusión de las propuestas de cambio entre los sectores populares y la utilización de la democracia “rejuvenecida” para avanzar hacia una acercamiento al poder.

Sin duda ese acuerdo se expresó en el Frente Amplio, que fue creciendo, con una unidad que superaba las contradicciones internas siempre presentes. Y aunque es cierto que nunca se definió como una fuerza socialista, mucho menos fue anti-socialista; su definición antioligárquica y antiimperialista, junto a la importancia en su seno de fuerzas definidamente pro-socialistas, significaba un cuestionamiento al capitalismo, al menos en su expresión local.

Por eso veo la llegada del FA al gobierno como una culminación (en el sentido de llegar más alto, no de finalizar) de una etapa que se había ido gestando en los 40-50 años anteriores: etapa de cuestionamiento al modelo vigente y de impulso a un programa de cambios favorables a los intereses de los trabajadores y amplios sectores medios de la sociedad.

Los primeros años fueron un claro avance en ese sentido. Por marcar algunos puntos destacados: la disminución de la pobreza, la reforma de la salud, el impulso (algo vacilante, tal vez) a formas de organización solidaria para la producción.

Todo eso aprovechando una nueva coyuntura internacional favorable (podríamos decir “de la soja gorda”), pero haciéndolo con una clara tendencia a una mayor justicia distributiva, aunque… sin afectar los intereses del gran capital.

En ese período de impulso ascendente surgieron nuevos problemas, junto a algunos no tan nuevos, para los cuales las posibles respuestas en un sentido más progresista, se veían frenadas por intereses económicos muy concretos en el seno de la coalición.

Así por ejemplo, la posibilidad de una “revolución urbana” con un acceso universal a viviendas dignas, se vio frenada por los intereses de operadores inmobiliarios, para los cuales el mercado de viviendas significaba un muy buen negocio; y mientras se seguían vaciando varias zonas del interior del país, seguía Montevideo aumentando una segregación urbana, caldo de cultivo para el resentimiento y la delincuencia pobre (la delincuencia rica seguía de Av. Italia al sur y en los barrios privados). Es de señalar la sucesión de choques con FUCVAM, que podría haber sido uno de los principales apoyos para enfrentar el problema de la vivienda. En contrapartida, se lanzó el “plan de vivienda social”, que de social tuvo muy poco y favoreció a constructoras y a especuladores inmobiliarios. Ni que hablar de los intereses económicos “progresistas” (F. Nopitsch) detrás de las “soluciones” a la limpieza de la ciudad, que no solucionaron nada y encima concentraron la basura en los barrios marginales. Afortunadamente no prosperó el delirio de instalar una incineradora de basura, promovido por Nopitsch desde el exterior.

El cambio de la matriz de los transportes hacia formas más modernas (y más confiables ambientalmente) chocaba con los intereses de operadores dueños o asesores de transportistas gasoleros (Salgado y Apezteguía por nombrar los más notorios); así se continuó sistemáticamente con la agonía del ferrocarril, y el transporte de pasajeros, en todas sus variantes, quedó condicionado por la rentabilidad de sus operadores. Paralelamente, el aumento de la producción agrícola y en especial de la forestal, generó una gran sobrecarga a las carreteras: Rossi se ufana este año de la gran cantidad de rutas renovadas, que son en su mayor parte las que destrozó el transporte carretero.

La democratización de la información quedó mediatizada en una ley de medios timorata y de lenta implantación (y pese a ello cuestionada por los dueños de los medios): el oligopolio de radio y TV sigue tan campante.

También la mejora de salarios y el aumento importante de la ocupación y la formalización laboral, se vieron limitados por el afán de ganancias de propietarios e intermediarios (muchos de ellos también dentro de la coalición); y así se mantuvieron cientos de miles de puestos de trabajo con remuneraciones por debajo de lo necesario para un nivel de vida aceptable, promoviendo el pluriempleo, a la vez que se incrementaban las tercerizaciones en beneficio de ONGs, contratistas “ligeros”, etc. y con el Estado como principal generador de las mismas.

Pese a lo establecido en el programa, no se volvió al sistema estrictamente solidario de seguridad social, manteniendo las AFAP con el beneplácito de los profesionales y otros poseedores de las mayores jubilaciones (muchos de los cuales, encima, se quejan del IASS); la profundización del sistema integral de salud chocó con los intereses de las corporaciones médicas y la industria farmacéutica; los avances educativos -que fueron muchos- chocaron con la dificultad de incorporar al sistema a los hijos de los sectores marginados. Para muchos miembros del gobierno no ha de ser tan urgente la mejora de la enseñanza pública, pues mandan a sus hijos a colegios privados.

Un  tema particular ha sido el de la delincuencia y las cárceles. Por más que se insista en la necesidad de rehabilitación, se mantuvo por mucho tiempo el sistema de los largos procesamientos sin condena, de la mezcla de los primarios con los delincuentes veteranos, de la cárcel concebida ante todo como un elemento de represión y castigo. Es cierto que la corrupción dentro de la policía y el Poder Judicial no ayudaron a un cambio en este terreno, pero tampoco hubo un accionar sistemático hacia la superación del sistema carcelario. Y los chorros de guante blanco siguen gozando de status especial.

Al comenzar el tercer período de gobierno, con menos margen de maniobra por la baja de precios internacionales, el impulso inicial del FA encontró un freno. En esas condiciones parece imposible profundizar los cambios sin afectar intereses aún poco afectados (renta de la tierra, grandes patrimonios, transacciones financieras, intermediación especulativa).

El gobierno parece haberse convertido más en espectador y cronista que protagonista. Todo se maneja con cifras e indicadores macroeconómicos (“Detrás de los números hay personas” decía un personaje de El Roto; y el burócrata le contestaba: “pues que se aparten”). Ante el aumento preocupante de la desocupación el gobierno solo atina a reconocerlo y a señalar que es menor al aumento de la ocupación anterior; pero a la vez se frena la suba del salario real.

La gran apuesta del período fue UPM 2, fortaleciendo la tendencia a depender de la inversión externa, a la que se hacen grandes concesiones, hipotecando nuestra soberanía. El “grado inversor” pasó a ser el dios a quien reverencia el equipo de gobierno (“Astori prefiere perder la elección a perder el grado inversor”, dijo Jorge Notaro). Cabe recordar que la “gran inversión” del período pasado fue Aratirí -también vinculada a intereses de políticos del FA (Puntigliano)- y su fracaso arrastró al proyecto de puerto de aguas profundas y a la regasificadora.

Antes esos renunciamientos, las clases dominantes toman viento en la camiseta. Atacan entre otras cosas contra las políticas sociales, contra el FONDES, contra los emprendimientos de economía solidaria y autogestionada. La ley de hierro del capitalismo hace inviables esas quijotadas y desde el gobierno ya no se las defiende con energía. Los empujes privatizadores crecen; AFE se termina de desmantelar y florece un “ferrocarril central” a la medida de UPM; se frenan y cuestionan inversiones destinadas a potenciar ANCAP y ésta queda dirigida por una “Shell-woman”; hasta las cárceles se privatizan parcialmente.

Empiezan a escucharse (antes de que el viento electoral hiciera flamear nuevamente con fuerza la bandera partidaria) comentarios acerca de que en democracia “es buena la alternancia de partidos en el poder”. Entonces ¿se peleó tanto para cambiar de raíz nuestra sociedad o fue para jugar al “tuya y mía” con los representantes de la oligarquía y ramas afines? Incluso se podía escuchar -bajo cuerda- comentarios acerca de que, ante la inevitabilidad de un ajuste, mejor que lo hagan los partidos tradicionales. Entonces, cuando el crecimiento económico se frena ¿no hay otra opción que apretar los cinturones? los de abajo, claro está.

Los “progresismos” han mostrado diferentes facetas: desde fuerte corrupción (peronismo), hasta bruscos retrocesos (Lenin Moreno), pasando por la cohabitación con la derecha fascista (Bachelet). Está muy claro el panorama que nos espera (hasta donde las luchas populares lo permitan) ahora que ganó  “la coalición”; pero ¿cuán diferente seria con un gobierno del FA?, si nos atenemos a esas señales de fatalismo ante las condicionantes del capitalismo y a esos intereses concretos insertados en el gobierno. No olvido que antes de las internas, Martínez tuvo una entrevista con Talvi “para buscar coincidencias”.

Todo apunta a que, de una manera u otra, habremos llegado al fin de la etapa de ascenso de las conquistas populares. Y habrá que esperar que nuevas generaciones desarrollen nuevas ideas a partir de las nuevas contradicciones del mundo real, para ver si se puede dar otro avance hacia el fin de la explotación.

Tengo unas ganas enormes de estar equivocado.

*Publicado en el Periódico Claridad No. 29, Diciembre 2019

Acerca del autor

Jorge Ramada
Jorge Ramada 1

Militante sindical, integrante de la Comisión de Salud Laboral y Medio Ambiente del STIQ y de la Secretaría de Salud Laboral y Medio Ambiente del PIT-CNT.