Grecia, negociación y después

Grecia, negociación y después

La crisis de pago griega es en realidad la de Europa occidental -con su centralidad hundida en lo que se conoce como Eurozona-, pero que va más allá y afecta gran parte de la matriz de la economía mundial.

Al iniciar la semana, una nueva reunión de los integrantes de la Eurozona -que abarca a 19 países de los 27 de la Unión Europea- terminó decidiendo otra postergación en el tratamiento del tema y matizando el comentario público con cierto toque de esperanza para encontrar arreglos satisfactorios -dicen- para las partes. Grecia representaba un PIB, en 2011, del 1,5% de la economía de la Unión Europea y el 2,6% de la Eurozona (Eurostat, 2014) lo que le daba el volumen suficiente para con sus deudas poner en cuarentena el conjunto que soporta al euro.

También supimos en estos días de la declaración -por boca del belga Eric Toussaint- en el que una comisión de expertos reunidos en Luxemburgo señaló que la deuda helena era “ilegal”, ilegítima” y “odiosa”.

Hay una evidente guerra de declaraciones impulsadas desde el conjunto acreedor -encabezado por el gobierno conservador alemán y su “escudero progresista” francés- que lleva adelante la denominada troika (Banco Central Europeo -BCE; Comisión Europea y Fondo Monetario Internacional -Fmi), y de otro lado el conjunto griego de fuerzas políticas de izquierda (Syriza) y sociales (sindicatos y sectores populares organizados).

El remojo de barbas entre quienes presionan al gobierno griego no es sólo de aquellos que desde la Eurozona alimentaron irresponsablemente la deuda de Atenas de hoy , los banqueros de Alemania, Francia, Italia y Holanda, que compraron valores sin valor, emitidos por los bancos anglosajones, y los vendieron a bancos de economías periféricas de la Unión Europea de Grecia, Portugal, España o Chipre.

Ejemplo de lo que pueda sobrevenir son la declaración en Francia del ministro de Finanzas, Michel Sapin, quien advirtió que “Ninguno de nosotros puede resignarse a un fracaso, que sería gravísimo para Grecia, pero también extremadamente grave para el proyecto europeo”; los británicos, muy flemática y dolorosamente, resienten el cimbronazo que las dudas de los inversionistas producen en las bolsas de valores y entidades financieras, mientras desde la otra costa atlántica la presidenta del banco central estadounidense (Fed), Janet Yellen, señala con gran claridad que la economía mundial podría sufrir perturbaciones importantes si Grecia y sus acreedores no alcanzan un acuerdo: “Es una situación muy complicada. En caso de que no haya un acuerdo pueden haber alteraciones que podrían afectar las perspectivas económicas europeas y los mercados financieros globales”.

Angela Merkel calla, en tanto, que un rompimiento y salida de Atenas le costaría -inicialmente- a Alemania más de 150 mil millones de euros (según Wolfgang Munchau, en Financial Times), mientras que en consideración del premier griego, la Eurozona sufriría un impacto general de más de un billón de euros.

El eje Berlín-París que defiende al euro tiene muchas más razones que la tira de horror que nos relatan acerca del presagiado terremoto financiero que implicaría, con resultantes tremendas en la cotidianeidad, haciéndonos creer que nuestra existencia depende de la salud de las bolsas de valores. La razón primigenia y elemental es salvar a los bancos, que prestaron sin garantías a los países hoy sumergidos de Europa siguiendo los consejos e indicaciones que, en el caso de Grecia, dio la consultoría Goldman Sachs (Mario Draghi, por cierto, el presidente del BCE, fue su empleado). Más aún, se estima que el efecto contagio en mercados financieros conllevaría el no pago de gran parte de la deuda soberana, conduciendo a la quiebra a los bancos que se aprovecharon del euro para prestar sin solvencia.

Sin embargo, el comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, Pierre Moscovici, sintetiza las demandas de los acreedores en la insistencia de exigir la suba drástica del impuesto sobre el valor agregado (IVA) a los medicamentos y la electricidad, recortar mil 800 millones de euros en pensiones, entre las medidas más sentidas, representativas, insoslayables e iniciales de reformas impuestas, que apuntan a que el gobierno heleno haga ahorros por año de 4 mil 500 millones de euros, incluidas otras enmiendas estructurales que también apuntan a deprimir su sistema jubilatorio.

En medio de tanta incertidumbre, Grecia se ve presionada internamente por el retiro de capitales de sus bancos. Según sus periódicos, el viernes 19 de junio fueron sacados unos mil 850 millones de euros y otros suman la cifra semanal estimada en casi 5 mil millones.

En la semana, frente a la incertidumbre generada, el jefe de gobierno griego, Alexis Tsipras, adelantó que, de no alcanzarse un acuerdo-compromiso, no caerá el gobierno que preside, ni habrá de convocar a elecciones anticipadas o a un referéndum y que se pondrá al frente de su gabinete y del parlamento para, responsablemente, decir no en nombre de su país. Los comicios de inicio de año lo hicieron ganador de un proyecto que, además de provenir de la izquierda, reivindica la esencia del conjunto de avances de estos años de la mayoría de la sociedad, de los trabajadores, los jóvenes y los jubilados y conlleva la esencia de recuperación de clase y soberanía que sienten inclaudicable. El régimen político parlamentario griego cuenta con una bancada de 149 integrantes de Syriza y en coalición controla 169 escaños de los 300 que lo componen.

Desde el comienzo de este siglo existe una cadena de protestas sociales en el mundo, opuesta a los mecanismos de territorialización del capitalismo. Este tipo de procesos de resistencia son los que más incomodan a la construcción del orden mundial, porque cuestionan, resisten y proponen alternativas al modelo imperante.

En tiempo de campaña electoral, Alexis Tsipras (presidente de Syriza) declaraba “…la lucha de nuestros pueblos para el cambio es la lucha del sentido común contra el fanatismo ideológico. Es la lucha de la dignidad contra la servidumbre. Para nosotros, esta nueva normalidad de precariedad y de recorte de los derechos sociales que surge de la crisis y que es aceptada de manera acrítica por los poderes conservadores no es aceptable y nos motiva para propiciar el cambio que Grecia, España y el conjunto de Europa necesitan. La victoria de Syriza representa un nuevo comienzo para la colaboración entre todas las fuerzas progresistas del Sur europeo al mismo tiempo que supone el freno a las políticas de austeridad que están detrás de la situación de estancamiento, de desempleo masivo y del sobreendeudamiento. Es el comienzo también para restaurar la seguridad económica, alejar las prácticas corruptas que infectan a la política y para recuperar la dignidad de nuestros países”.

Tsipras estuvo con Vladimir Putin la semana pasada y las especulaciones acerca del encuentro son de todo tipo: van desde que el líder del gobierno de Atenas sólo quiso hacer un gesto “pour la galerie”, buscando algún efecto compensatorio de las presiones ejercidas por la troika, hasta los que sostienen que fue un paso de advertencia de que la dirección helena puede virar hacia el Este. La eventual salida de Atenas de la zona euro traería aparejados cambios en el sistema de alianzas occidental: su inclinación hacia Rusia y, posiblemente,China; su baja como integrante de la OTAN; una casi segura participación en el proyecto de gasoducto ruso a través de suelo turco y griego, y hechos que afectarían de forma sustancial al conjunto atlántico-estadunidense. Ante el conjunto de factibles riesgos es que la salida cuanto antes de Syriza del gobierno griego -o por lo menos su degradación política-, es imprescindible.

Publicado en “Voces”

Acerca del autor

Ruben Montedonico
Ruben Montedonico 8

En Montevideo trabajó en CX 8 - Radio Sarandí (1972-76). En el exilio escribió en El Día, México; El nuevo Diario de Nicaragua y Agencia Nueva Nicaragua (1983-90) , y en Novedades, La Jornada y Aldea Global de México (1998-2014). Actualmente lo hace en Uruguay para el semanario Voces.