La derecha y sus medios

La derecha y sus medios

Ruben Montedónico (*)

En el momento que nos encontramos, debido a las alteraciones en usos y costumbres sociales que trajo aparejada la instalación de la globalización -con sus efectos colaterales- y como resultante del permanente y acelerado avance científico, la introducción de nuevas tecnologías dieron inicio a una etapa de cambios en los medios de comunicación, en particular la que depende de grandes consorcios empresariales.

Entre las progresivas variantes más notorias en los medios latinoamericanos debe registrarse esa especie de desnaturalización que sufrieron al trocar su papel de órganos de información para pasar a ser funcionales a la ingeniería que apunta hacia la disputa y obtención del poder, aunque para ese fin deba recurrir a métodos espurios –en particular contra las acciones de sectores ciudadanos cuyos contenidos concitan apoyo popular-.

Ejemplo de ello bien pueden ser las luchas sindicales –con paros y huelgas solidarias- en relación con el salario de los trabajadores, el crecimiento del PIB, la inflación y las paridades monetarias. Dichas medidas llegan al extremo de orillar a que los grandes medios generen campañas de miedo e induzcan a conformar opiniones contrarias a las referidas manifestaciones, evocando ficticias desestabilización e inseguridad.

Un ejemplo del método bastante frecuente aplicado permanentemente o en algunos momentos –sobre todo los electorales-, es el que utiliza las redes sociales -en general, con apoyo exterior- y reúne a grupos a los que paga para su incrustación en dichos medios. Asimismo, pueden abarcar programas de radio y televisión- para difundir sus “pre-elaborados y acordados mensajes” como si fueran ”de la audiencia”. Otro tanto suele ocurrir con algunas casas encuestadoras.

El sociólogo Robinson Salazar señalaba tiempo atrás que se “criminalizan las acciones populares de la ciudadanía emergentes. Los programas y lenguaje (escrito y oral) de los medios de comunicación producen miedo y construyen en el imaginario social la idea de un enemigo oculto que vulnera la seguridad personal y pone en riesgo el patrimonio familiar, de ahí que angustia, miedo y temor son tres escenarios que articulan la nueva estrategia del Estado (o de los sectores empresariales, agregamos nosotros) para estar presente en el subconsciente colectivo de los ciudadanos. Los medios de comunicación, vehículo eficaz en la era de la relación mediática, son prácticos porque remplazan el discurso por la imagen cuyo impacto es mayor porque queda registrado en la mente (…)”.

Para redondear esa percepción, agrega que los medios de comunicación empresariales, las grandes cadenas, quienes dependen o se relacionan con ellas, con sutileza sustituyen en gran proporción a los medios coercitivos sin abandonar la prioridad que representa la represión ideológica- una especie de modificación en la continuidad de la Guerra de Baja Intensidad (tan bien explicada -entre otros- por Lilia Bermúdez, Lucrecia Lozano y Raúl Benítez Manaut) donde el efecto personal buscado es la sensación de que el sujeto se suponga

agredido y amenazado aunque no haga parte de los problemas en debate.

Ante esta disposición estratégica, las reacciones de prensa de quienes se oponen a esas prácticas propias del terrorismo no han sido proactivas, informativas, y se han recostado en la exclusiva denuncia que no pasa de provocar –en gran parte de los casos- un acompañamiento pasivo.

Mi paisano Aram Aharonián, por su lado, las describe así: “La falta de fuentes de información veraz, oportuna y para todos, facilita el trabajo de la derecha de imponer imaginarios colectivos, a través de una prensa –radios, medios cibernéticos fijos y móviles, televisoras, diarios, revistas- totalmente cartelizada detrás del mensaje único, producido por las usinas en el exterior”.

Cuando la observación nos lleva por estos senderos es que entendemos que la función actual de la prensa de la derecha varió en un sentido: las maquinarias partidistas que en su momento fueron parte del sostén de las mismas cambiaron de dueños y la gestión fue asumida por sectores empresariales, pero sus metas finalistas se mantuvieron dirigiendo informaciones y editoriales al mismo cometido de eliminar todo aquello que total o parcialmente hiciera peligrar el control de las minorías burguesas. En el pasado se organizaron campañas locales e internacionales dirigidas contra personajes de América Latina como Arbenz, Vargas, Perón, Goulart, Allende, Velasco Alvarado, y luego las pulieron y mejoraron (ampliadas y corregidas, como dicen sucesivas ediciones de un mismo libro) continuándolas sobre Chávez, Evo, Correa, Mel Zelaya, Lugo, los Kirchner y más recientemente hacia Dilma y Lula.

Frente a ello, la izquierda no antepone los anhelos de cambio engendrados por décadas en el seno del pueblo, entre otras cosas porque existe ausencia de lazos que liguen las conducciones políticas con la gente, además de que no hay prensa que defienda los procesos de cambio allí donde los hubieron, que critique sus marchas y contramarchas. De esta forma, la derecha prosigue su prédica desde los medios que dispone mientras desbroza de su camino las cartas, solicitadas y declaraciones de grupos que alientan los cambios pero terminan siendo inicuos valladares.

Tiempos difíciles para las conducciones económicas de los países acrecientan las tentaciones de los sectores ricos -empresarios, exportadores, especuladores-: la propensión a la mezquindad. Un estancamiento de mediano plazo podría derivar en políticas de clase, que, de acuerdo con lo que se observa de gobiernos latinoamericanos conducidos fundamentalmente por grupos de extrema derecha, no se había presentado -en general- en este siglo. Lo menos que se espera de los sectores populares –aún cuando no haya conducción unitaria y orden de clase- es poner un alto a las aspiraciones económico-financiero-mercantiles de la derecha; bregar por la progresividad fiscal; incrementar las prestaciones sociales para educación y salud, y respetar el contexto legal de los trabajadores organizados.

La primera línea de contención que los sectores privilegiados de Latinoamérica antepondrán a estas legítimas demandas, será la de sus medios de prensa. Las experiencias de unos países se trasladarán a otros, bajo el supuesto de “aliado preferente” –dando por descontado que debe seguirse tras una perspectiva ordenada por los postulados desde poderes económicos y políticos que defiende y sustenta la clase dominante; saber distinguir lo que no les es sustantivo y a todo tratarlo como mercancías; hacer que los periodistas acepten el discurso de los medios empresariales y lo que les llega de las grandes cadenas, sin que se hagan cuestionamientos a estas normas.

El mensaje que dan, entonces, lo envuelven con un halo de objetividad y equilibrio que se autodefine como neutral, con la intención de que el receptor se haga a la idea de que no se toma partido por alguna posición, o como han puesto en boga algunos políticos, “sin ideología”, algo similar a una suerte de “daño” que conlleva el ser progresista o –peor- de izquierda, y como si quienes lo dicen carecieran de una.

Este mismo año, hace un par de meses, Rafael Correa, sostuvo que hay un intento de restaurar los modelos neoliberales orquestados por la derecha continental que fue apartada del ejercicio de gobierno en varias naciones que optaron por sistemas progresistas, democráticos y –según dijo- de izquierda. “Ya actúan articuladas, son más internacionales, operan en forma descarada con mejor financiamiento y una estrategia en las redes sociales, y sentimos esa arremetida”, declaró Correa: solo le faltó señalar que el ariete de esa campaña lo sostienen los grandes medios de prensa.

(*) Integrante de la Rediu

Publicado en el semanario “Voces”, Montevideo, el 28 de julio de 2016.

 

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Red de Economistas de Izquierda de Uruguay