UN TRATADO CON AROMAS COLONIALES.

 

José Antonio Rocca

 

 

El gobierno de Jorge Batlle, jugando las últimas cartas de su presidencia, firmó en octubre del 2004 el denominado Tratado de promoción y protección recíproca de inversiones entre Uruguay y Estados Unidos, y lo envío al Parlamento en febrero del 2005. El riesgo de que sea reafirmado por el poder legislativo está vigente. El actual Ministro de Economía ha expresado su respaldo e incluso fundamenta sus supuestas bondades.

 

El rol protagónico del ex Ministro Isaac Alfie en la negociación del Tratado es casi un símbolo de su filosofía Implícitamente se recoge la confianza en el mercado y en el capital imperialista como fuente de crecimiento y desarrollo. La ideología presente en el ALCA y el pensamiento neoliberal se reiteran agravadas en un proyecto que acentuaría los rasgos del modelo de funcionamiento económico vigente en Uruguay desde mediados de los setenta y que tan nefastos resultados ha tenido sobre los sectores populares.

 

Creemos que la discusión sobre el Tratado, debe encararse esencialmente desde la óptica de sus implicancias y efectos globales sobre las perspectivas de un verdadero desarrollo productivo con contenido popular y no solamente encarando aspectos puntuales

 

Los grandes capitales extranjeros en la región, en muchos casos, se han apropiado de recursos básicos para el desarrollo, han eliminado competencia local, controlado mercados, e incluso han desarrollado un poder paralelo que ha llegado a conmover gobiernos legítimamente constituidos.

 

En varios de estos aspectos Uruguay no ha sido la excepción. Las inversiones vigentes y proyectadas se han centrado en servicios públicos, (puertos, aeropuertos, carreteras, empresas de aeronavegación,  gas, ), han “copado” industrias locales (a veces para cerrarlas) o se ubican en rubros con efectos contaminantes para los que hay fuertes controles en sus países de origen y en consecuencia las empresas buscan zonas del orbe con normas más permisivas.

 

Frecuentemente las inversiones se han realizado con créditos locales, con regalos de tierras, zonas francas, incentivos fiscales, etc, etc, etc. Esto es la realidad, y a la luz de las experiencias es que debe analizarse el Tratado más allá de fantasías de lectores de malos manuales de Economía que –entre otras mercancías - nos vende el imperio.

 

La impunidad de los capitales privados de Estados Unidos estaría garantizada para cualquier opción de inversión más allá de las consecuencias que podría tener sobre la economía del país.

 

La firma del Acuerdo además pondría en serio riesgo las empresas públicas del país, el agua, la energía, e incluso el potencial de impulsar proyectos de complementación económica y social con los países de la región.

 

Viejos cuentos de hadas.

 

Uruguay protegería las inversiones de Estados Unidos en nuestro país y Estado Unidos las de los uruguayos en el país del norte, La ideal central del Tratado rememora inevitablemente los acuerdos de libre navegación de los ríos que Inglaterra realizaba con los países de América latina en el siglo XIX.

 

La igualdad jurídica oculta una profunda desigualdad real., la prioridad de las inversiones uruguayas en Estados Unidos es tan utópica como la navegación de los ríos ingleses por barcos  latinoaméricanos en el siglo XIX. La consecuencia real de estos tratados era la libre navegación de barcos ingleses en los ríos del sur y la impunidad de las inversiones de Estados Unidos en Uruguay en el siglo XXI..

 

De todas maneras la línea argumental de los defensores del Tratado es muy simple. El ex Ministro de Economía Isaac Alfie  reitera en cuanta ocasión se le presenta, la filosofía del Tratado de Inversiones de Uruguay con Estados Unidos.

 

Su ideología proviene de los albores del capitalismo y se retoma en el nuevo contexto con una formulación similar. Los mercados en libre competencia, y la inversión extranjera, generan crecimiento y empleo, el empleo permite mejores salarios y por esa vía alcanzaremos el ansiado desarrollo.

 

La superficialidad de estos análisis es evidentes. Los mercados reales son controlados por un puñado de grandes empresas y se parecen muy poco a las fantasías de la libertad de los mercados. Además lo que determina el potencial de crecimiento de la producción y aún más del empleo no es la inversión en abstracto, sino sus rasgos particulares.

 

Estos planteos olvidan la evaluación de las características productivas o improductivas de la inversión, sus efectos sobre la estructura de los mercados y el comportamiento empresarial, y el impacto sobre actividades locales desplazadas por la nueva competencia, los empleos eliminados así como el agotamiento o deterioro de recursos  naturales.

 

La realidad, la historia del Uruguay y la de América latina desmienten tajantemente la versión edulcorada sobre el capital extranjero. La formación de enclaves desarticulados generalmente de la dinámica del país, los bajos salarios, el deterioro ambiental, así lo demuestran. Por otra parte las técnicas más avanzadas no se transfieren hacia el sur en su creación sino en su  uso.

 

En el último período las inversiones provenientes de los centros imperiales y en particular de Estados Unidos se canalizaron prioritariamente hacia algunos enclaves de mano de obra barata, actividades contaminantes, control de recursos naturales, o de servicios públicos esenciales. En muchos casos se ha tratado de sustitución de capital local por foráneo aumentando el flujo de apropiación de riqueza desde los países centrales.

 

Paralelamente se integran elites locales y capas medias a las pautas de consumo impulsadas por las grandes empresas como mecanismo para fomentar la  importación de mercancías elaboradas en el norte.

 

La consecuencia es la pérdida de calidad de vida de la población, y la entrega de recursos básicos para el desarrollo a empresas extranjeras que eventualmente los agotan.

 

Un ALCA en chiquito.

 

Un camino de transformaciones con contenido popular debe incluir la construcción de nuevas formas de relación económico entre los países del sur. La articulación de recursos energéticos, la defensa mutua de recursos naturales, la defensa de la producción, la negociación conjunta  de la deuda externa, deben ser herramientas para el desarrollo regional y la construcción de sendas de unidad económica latinoamericana..

 

Los pueblos de Venezuela, Argentina, Brasil, Ecuador, Bolivia, y de toda la región manifiestan inequívocamente su voluntad de cambio. Los gobiernos más afines a los intereses del imperio batieron y baten niveles de impopularidad y se acentúa la resistencia a los modelos económicos de apertura irrestricta al capital extranjero..

 

En especial el ALCA ha tenido dificultades crecientes para ser impuesto. Ante la nueva situación regional, la división internacional del trabajo que se pretende consolidar por intermedio de la asociación continental se trata de instrumentar ahora mediante acuerdos bilaterales de Estados Unidos con países de la zona. Estos tratados intentan imponer paso a paso los preceptos y contenidos del ALCA, y es dentro de esta lógica que debemos ver el tratado de inversiones con Uruguay.

 

El cambio de estrategia incluye como norte, dificultar la adopción de caminos alternativos y en este plano el acuerdo de inversiones entre Uruguay y Estado Unidos puede convertirse en una verdadera cuña que al otorgar a Estados Unidos la cláusula de la nación más favorecida quitaría herramientas para la instrumentación de políticas de complementación regional.

 

La firma de un Tratado con estas características podría convertirse en un error histórico para el país. La continuidad de las políticas de contenido liberal y neoliberal quedaría garantida en un marco de sumisión a los intereses imperiales.

 

 

La discusión de los contenidos del tratado y sobre el rol del capital extranjero y la inserción internacional de Uruguay son vitales en la perspectiva de construcción de caminos alternativos. Los defensores del status quo la evitan sustituyendo el análisis por frases hechas que se pretenden presentar como verdades incuestionables.

 

Cuando su debilidad teórica se manifiesta recurren al chantaje y la amenaza desnudando sin maquillajes la esencia imperial. El temor de las consecuencias comerciales es esgrimido como el manotazo de ahogado a favor de la aprobación del Tratado. Las compras de carne de Estados Unidos son la consecuencia de una  coyuntura de disminución de su producción y de vacas locas en el norte y no ningún favor. La política del temor nunca fue buena consejera para los países del sur.

 

Misión imposible.

 

El pretender apoyar el desarrollo del Uruguay productivo sobre un favorable “clima de inversiones” puede convertirse en una formula maquillada de continuismo y aún de profundización de los mismos caminos que nos han conducido a la penosa realidad actual.

 

Aún sin entrar a considerar las consecuencias nefastas que en general tienen las políticas de atracción de capitales en forma indiscriminada, además los intentos de continuar estos caminos en el caso uruguayo nos  parecen inviables. La magnitud y características de las inversiones que llegarían al país, son y continuarán siendo absolutamente marginales desde las perspectivas de generar un crecimiento relativamente sostenido..

 

La inversión productiva se concentra en las zonas de mayor demanda o de existencia de materias primas estratégicas y esto en términos generales limita el potencial de los posibles capitales productivos que se inviertan en Uruguay.

 

Las políticas cambiarias y monetarias vigentes en Uruguay agregan una dificultad adicional a la canalización de los ahorros al sector productivo. Mientras las opciones financieras continúan siendo más rentables que la producción, el capital en busca de la máxima ganancia y el menor riesgo continuarán reproduciendo un funcionamiento de espaldas a la producción.

 

Revista Izquierda. Julio  2005.