ECONOMÍA| Salarios
Una porción mayor de la torta
Aunque el salario ha ganado terreno frente al PBI en el actual contexto económico, las características de la distribución todavía marcan una inequidad que se equipara a la de los ’70. La tendencia no muestra un panorama claro al respecto.
Por Diego Valenzuela
Cuánto se llevan los empresarios y cuánto
los trabajadores de lo que se produce en la Argentina? El salario ha recuperado
participación en la riqueza nacional, pero según esta medición aún el país sigue
siendo más inequitativo que en los años ’70. En algún momento los asalariados
supieron explicar la mitad del producto bruto, pero desde entonces se oscila en
torno al 40 % con registros cercanos el 35 % en 1997 y 2002.
Esta es una de las medidas posibles del grado de equidad social. Hay otras más
ajustadas técnicamente y de diferente naturaleza, como la relación entre el 10
% más pobre y el 10 % más rico o el coeficiente GINI. En estos casos se observa
más precisamente el grado de desigualdad en toda la sociedad. Pero en una
economía como la Argentina, con alto trabajo en negro y pobreza, que suba la
participación del salario en el producto no significa que estén mejor los más
rezagados, porque pueden estar participando en mayor medida los trabajadores en
blanco y sindicalizados.
Historia. En 1993 la participación del salario en el PBI rondaba el 43,8 %,
nada desdeñable para ser parte de la hoy considerada "segunda década
infame". El gobierno de Carlos Menem no queda tan mal parado, aunque se
dirá, no sin bastante razón, que la alta participación del salario en la era
menemista no era sostenible.
Con el correr de los años la participación salarial fue reduciéndose hasta 37 %
en 1997, y se mantuvo en torno al 40 %. El año 2002 significó una brusca caída por
la devaluación y el alto desempleo (que mantuvo un tiempo quietos a los
salarios, mientras la producción y la participación empresaria
aumentaba). En el año de la pos crisis llegó a 34,7 % para luego comenzar
a recuperarse paulatinamente y situarse de nuevo en 40 %.
Todo esto significa que el Gobierno de Néstor Kirchner logró que el salario
subiera algo más de 5 puntos entre 2003 y 2005 (quizás un poco más a fines de
2006) para alcanzar un nivel todavía inferior a los mejores momentos de los
’90.
Opiniones. Sobre estos números hay numerosos interpretaciones y razonamientos.
De un lado se dirá que si se apura el aumento de la participación salarial en
el producto se pone en riesgo la acumulación capitalista necesaria para
sostener el aumento de producción. Es la idea de que hay que acumular primero
para repartir después. Muchas veces esto ha quedado en la promesa y en las
buenas intenciones.
Si el capitalista acumula primero para invertir más –ganando participación sobre el salario- la economía se torna más inequitativa. Lo contrario ocurrió en el primer peronismo: hay quienes creen que la economía se resintió por una rápida distribución de los ingresos. Pero aquella Argentina tuvo el récord en equidad, midiendo la participación del salario en el producto.
Si el salario tiene una alta
participación, dirían los empresarios, no habrá suficiente rentabilidad para
volcar a la inversión y la actividad económica sufrirá. ¿Un pretexto para
domesticar al salario? En los sindicatos piensan que si. Y agregan otro
argumento: una suculenta masa salarial genera un mercado interno más dinámico
que termina beneficiando a los empresarios, porque venden más. Carlos Tomada,
el ministro de Trabajo, tiene una interesante definición sobre el salario:
"Para nosotros no es un costo laboral, es un instrumento clave para
dinamizar el mercado interno".
Luego hay argumentos más de filosofía política. Un país más justo y equitativo
es deseable, y por eso es importante lograr una elevada participación del
salario en el ingreso nacional. Crecer y agrandar la torta mientras se mantiene
inmóvil la parte que se llevan los asalariados no parece ser lo saludable
política y socialmente.
Lo opuesto sería tener un país en crecimiento con un sector capitalista muy
rentable en parte en base a la explotación de los asalariados. Puede ser un
instrumento para el crecimiento, pero no resulta compatible con objetivos de
desarrollo social. El resultado es crecimiento más inequidad.
Una salvedad es importante: que aumente la participación salarial en el PBI no
significa necesariamente que el país sea más equitativo. Los que más han
subido en los últimos años son los sueldos en blanco, de trabajadores
sindicalizados, pero un incremento sólo en los ingresos laborales en blanco no
contribuye a reducir la desigualdad. Hasta puede darse la paradoja de que
podría incrementar la desigualdad. Una sociedad más igualitaria requiere que
mejoren en términos relativos los ingresos de los que están peor, no sólo los
ingresos de los que están más o menos bien.
El Gobierno de Eduardo Duhalde no hizo a tiempo para plantearse estos dilemas:
a lo sumo trató generar estabilidad institucional y económica, sentando las
bases de la recuperación de la actividad productiva. Pero esta ya empezó a
reaccionar a mitad de 2002, una reactivación que se fue haciendo más evidente
en 2003, cuando asumió Kirchner.
Desde entonces ha habido una política orientada a que los sectores populares y
trabajadores recuperen algo de terreno, con resultados positivos pero no tan
espectaculares como algunos podrían imaginar. Las medidas para pisar los
precios de los productos que consumen los trabajadores, lo que a su vez limitó
el ingreso de los empresarios, sumado a los aumentos directos e indirectos en
los ingresos, han hecho posible cierta recuperación.
Los 5 puntos de mejora se explican por los aumentos de sueldos por decreto de
la primera etapa, la mejora en el salario mínimo y el fomento de las
negociaciones colectivas, con la premisa de que el salario debe aumentar en
función de la inflación más una parte del crecimiento (en general la mitad y
tomado como mejora de la productividad), para que los trabajadores ganen
participación relativa y no sólo recuperen el poder adquisitivo perdido por el
aumento de precios.